Hacer la Santa Transición imitando a la España (fallida) de la Restauración no puede decirse que haya sido un buen negocio. El cambio político que nos condujo –por la vía de la reforma, huyendo de la ruptura– desde la dictadura franquista a la partitocracia, y a continuación nos encaminó hacia el cesarismo, consolidado gracias a las concesiones políticas en favor de los nacionalismos periféricos, inspiradas en una lectura ingenua del legado de la Segunda República, ha desembocado en un extraño viaje a la semilla. Nuestro inquietante presente político se asemeja demasiado a un pretérito que, en buena medida, parecía que habíamos superado. No es así. La vida pública española parece condenada a la eterna política del encasillado, el ingenioso (y fraudulento) sistema electoral mediante el cual los partidos dinásticos de finales del siglo XIX y comienzos del XX se repartían el poder en Madrid por turnos sucesivos y, con él, ocupaban las instituciones estatales, que dejaban de ser neutrales y servir a todos
Las Crónicas Indígenas en The Objetive.
