La historia de la cultura está llena de grandes ambiciones que duran un día y de (supuestas) gestas cuya reverberación no se extiende más allá de una semana. Véase el caso de las vanguardias: movimientos artísticos de vida breve y generosa prosopopeya que proponían refundar del mundo desde cero y alcanzar el infinito de la creación por esa vía, tan desahogada, de hacer tábula rasa con el pasado para crear una tradición de nueva planta. Sin despreciar la originalidad que estos ismos tuvieron en su día –el caso de los furiosos surrealistas quizás sea el más meritorio–, la mayoría de sus manifestaciones, incluso las que estuvieron concebidas con talento y un indudable encanto irónico, sólo pueden enjuiciarse ahora como un capítulo más, seductor pero pasajero, de la insigne arqueología de las artes. Hijas de un futuro que hace ya más de un siglo que es pretérito (sus manifiestos cantaban a la velocidad, elogiaban el poder de las máquinas y establecían las leyes de un porvenir glorioso), todas las vanguardias son hermosos objetos de museo.
Las Disidencias en The Objective.
