“El amor y el escándalo”, decía Henry Fielding, insigne novelista británico del siglo XVIII, “son los mejores edulcorantes que existen para el té”. En España, por lo general, el café se prefiere cargado, el azúcar todavía no se percibe socialmente como lo que realmente es –un veneno amargo para el cuerpo y dulce para el alma– pero en materia de escándalos (políticos) somos una potencia total y absoluta, como demuestra el hecho, indiscutible salvo para la nutrida tribu indígena de los marianos y las charos, de que el sanchismo tenga a más de un centenar largo de altos cargos, asesores de confianza, comisarios políticos y fontaneros imputados por la justicia, además de la educativa condena del Dúo Dinámico (Ábalos y Koldo). Nuestro indudable talento para deteriorar la ética en la vida pública es, sin embargo, objeto de un fenómeno de índole paranormal: la mitad del arco parlamentario, teórico representante de la mayoría social que ha dejado de apoyar al Gran Insomne, pero que también ha decidido no dejarlo caer o, como sucede en el caso del PP, esperar que opere la infalible ley de la gravedad, que es gratis y no exige esfuerzo, no acaba de ver las consecuencias de su conducta.
Las Crónicas Indígenas en The Objective.
