En el Génesis (capítulo 2, versículos 19-20) se relata que, tras crear a todas las bestias y aves de la tierra, Dios otorgó a Adán, el lejano primer hombre, la tarea (sagrada) de imponer un nombre a cada uno de los animales, cediéndole así el poder (bautismal) de atribuir la identidad ajena a quien ha venido a este mundo sin ella. Todos tenemos nombres perfectamente intercambiables pero no seríamos los mismos si alguien nos adjudicase una denominación alternativa. La prueba son los pseudónimos: nombres que sirven para fingir una identidad –incluso aquellos de los que conocemos la referencial real– por el procedimiento infalible de inventar otra. No existe nada más vulgar que tener nombre propio. Por eso a quienes carecen de él se les considera –en todas las lenguas y culturas– seres anónimos.
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