La trayectoria literaria de Isaac Bashevis Singer (1903-1991) fue una verdadera carrera de obstáculos. En sentido literal y figurado. Un absoluto milagro. El escritor, nacido en una Polonia de ficción, pues entonces era un país sin soberanía, colonizado y bajo el control del imperio ruso, criado en el seno de una familia de rabinos, fue educado dentro de la más estricta tradición ortodoxa hebrea. Su lengua materna siempre fue el yiddish: ese idioma de aluvión, hablado desde hace siglos por los judíos en la Europa central y oriental. El lenguaje de un mundo remotísimo, con palabras procedentes del arameo y del hebreo, la endiablada estructura del alemán antiguo y préstamos eslavos. Antes de Holocausto llegó a tener once millones de hablantes; ahora lo usan menos de un millón de personas.
Singer escribió siempre en esta lengua en extinción, una decisión que le obligó a traducirse a sí mismo al inglés –el idioma que le permitiría vivir de la literatura; el periodismo lo ejerció siempre en diarios judíos– e hizo de sus libros un tormento editorial.
Las Disidencias en Letra Global.

