Philip Larkin (1922-1985) era tartamudo, calvo, tímido, miope, misántropo y, al decir de algunos, un individuo chapado a la antigua. Periférico –pasó su madurez en la ciudad portuaria de Hull, en el Noreste de Inglaterra, donde dirigía la biblioteca universitaria– y tocado por esa forma inversa de nostalgia que hace que se sienta melancolía por las cosas que nunca sucedieron. Un hombre perfectamente vulgar, previsible, atado a un férreo ritual de rutinas íntimas que le permitía olvidarse, sin conseguirlo por completo, del paso del tiempo, ese enemigo silencioso. Presentado así, o vislumbrado en las fotos de la época –hablamos de la Inglaterra grisácea de la posguerra–, vestido con un terno color carbón, corbata de funeraria y una obstinada camisa blanca, con aspecto de director de banco o de agente de seguros, nadie podría haber imaginado que terminaría convirtiéndose en uno de los poetas capitales de la segunda mitad de la pasada centuria.
Las Disidencias en Letra Global.

