Cervantes, reo de los berberiscos de Argel durante un lustro y príncipe de nuestros ingenios literarios, sostiene –por boca de don Quijote– que el verdadero mérito de creer consiste en hacerlo en la más absoluta de las oscuridades, dando por ciertas cosas que nunca (jamás) hemos contemplado. Esto mismo es lo que el Gran Insomne reclama a los españoles –que todavía le escuchan– cuando repite cada día una milonga distinta sobre la invasión de Ceuta, confiado en que la fe del carbonero y el fanatismo de los ciegos sean más poderosos que la vista y el realismo. Una verdad sin pruebas, carente de un cuerpo empírico, no es una verdad. Es un mandamiento. Ser sanchista exige esta forma de teología: asentir sin ver, descalificar sin motivo, afirmar sin conocer, jurar sin creer y defender una idea diferente cada día sin haber convencido a nadie de la mentira de la jornada anterior. No es tarea fácil, desde luego.
Las Crónicas Indígenas en The Objective.
