Paul Valery mentía. La famosa afirmación del poeta francés acerca de que el orden (público) de una república no puede mantenerse sólo por medios represivos y, por tanto, es necesario que el Soberano fabrique ficciones que consigan la servidumbre voluntaria de sus gobernados, no deja de ser un inteligente silogismo desmentido por los hechos. La civilización requiere de un cierto orden social, pero el poder, como resumiera Carl Schmitt, no actúa mediante la persuasión, sino a través de la amenaza. Están los amigos y están los enemigos. Eso es todo. Lo demás es cháchara de politólogos. Se percibe con nitidez al medir la figura de Leire Díaz Castro (Portugalete, 1975), fontanera de la Cloaca Máxima de Ferraz y, en la intimidad, autora de unos cuadernos casi pornográficos donde iba anotando sus gestiones, reuniones y encuentros contra la Guardia Civil, los jueces y todos aquellos, fuesen paganos o cristianos, que supusieran una amenaza (potencial) para una absolutismo sanchista que, en contra del consejo de Quinto Servilio Cepión, pagaba con sumo gusto a sus traidores, aunque fueran diletantes.
El Bestiarium en The Objective.
