El sanchismo, dispuesto a amedrentar a cualquiera que se le enfrente, no deja de perder batallas. Una tras otra. Hay quien cree que el Gran Insomne aún puede ganar la guerra de resistencia que libra contra el principio de realidad, pero esa hipótesis –en estos momentos remota, porque la invasión de Ceuta no es una crisis coyuntural, sino sistémica– se diluye cada día. La epopeya, desde hace siglos, es un género literario muerto. Nadie escribe ya poemas heroicos –salvo como género irónico– y, por supuesto, nadie los lee. El mundo moderno es irremediablemente vulgar. Un sitio prosaico. Es verdad que a nuestro Veraneante Perpetuo, prodigio de la desvergüenza –“Eso, a Vivas”–, nadie podrá negarle nunca su habilidad para practicar y extender a su alrededor la discordia y la amoralidad. Tampoco es discutible su talento para hacer daño allá donde pisa. Pero la crisis de Ceuta, que en términos simbólicos equivale a un Segundo Desastre del 98, sobrepasa las expectativas. Su huella es muy profunda. Y su rastro, devastador
Las Crónicas Indígenas en The Objective.
