Los muertos son nuestros semejantes, personas a las que se les terminó el tiempo propio y dependen del ajeno para perdurar en el recuerdo. Todos nacemos una vez, pero morimos dos veces: primero, en el instante en el que la muerte se cruza en nuestro camino, con su manto blanco y su rostro de sombra; después, el día en el que nuestro nombre deja de reverberar en la memoria de aquellos que nos conocieron. A veces ambas muertes son simultáneas. Otras pueden pasar años hasta manifestarse. Las 69 víctimas mortales de la tragedia ferroviaria de Urda (Toledo) han sido violentamente expulsadas del calendario. Sus días han terminado de forma súbita por la negligencia, la temeridad y el desprecio ante la vida de un Gobierno –el que preside Sánchez y apoya Sumar– que ha convertido España en un inmenso camposanto moral, donde cualquier ciudadano sabe de antemano que le mienten y que debe abandonar toda esperanza de ser socorrido por sus gobernantes o consolado en su dolor, ya sea físico (los accidentes del Ave matan, pero también mutilan cuerpos y destrozan familias para siempre) o espiritual.
Las Crónicas Indígenas en The Objective.
