La ambición humana, según Edmund Burke, es versátil. Puede volar igual que un águila imperial o arrastrarse por el suelo como un reptil. En política sucede algo similar con las presuntas amistades. Son susceptibles de mudar en discordias enquistadas con un simple roce –no tiene que ser excesivo; un mal gesto basta para contrariar al signore– o en función de las circunstancias y el interés. Hoy te abrazan y eres abrazado; mañana te repudian y te retiran el saludo y la mirada. Nadie conoce a nadie. La frialdad en el trato se considera un indicio de maquiavelismo por esa creencia de que, para conquistar y conservar el poder, vale mucho más ser cauto y no mostrar excesiva ciencia que presumir de cercanía y sabiduría, no vaya a ser que tus discípulos, como San Pedro, digan no conocerte.
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