En los tiempos magníficos del sanchismo, la era dorada que ha permitido al Gran Insomne gobernar España sin ganar las elecciones, gracias a los pactos de interés con los independentistas vascos y catalanes, amnistía mediante, todos los caminos y senderos del poder conducían a María Jesús Montero (Sevilla, 1966), la Todopoderosa, según su propia autoficción. La política hispalense, que es médico pero nunca ha ejercido como tal –Deo Gratia–, era la mejor ejecutora de los deseos de su jefe, hasta que éste, acaso debido al teatrillo sentimental que representó el día que amagó con renunciar –“soy un hombre profundamente enamorado”–, decidió que había llegado la hora de pasar página y la envió al degolladero meridional. Ella no podía negarse. Y no se negó. El batacazo electoral del 17M fue colosal: los electores de izquierdas, incluidos muchos socialistas, huyeron despavoridos de la candidatura del PSOE, asentándose temporalmente en los pagos políticos de Adelante Andalucía, troskistas verde carruaje que, antes de hacerse soberanistas andaluces –ese oxímoron–, estuvieron en Podemos (sin poder hacer otra cosa que calentar banquillo). Este episodio significó un antes y un después en su carrera política.
El Bestiarium en The Objective.
