El miedo es una emoción tan atávica como ecuménica. Todos lo sentimos, aunque sea ante cosas y personas distintas, acaso por aquello que dejó escrito Quevedo: “El valiente tiene miedo del contrario; el cobarde lo tiene de su propio temor”. Estamos pues ante un tema clásico que atraviesa la historia de la humanidad y que, a partir del siglo XVII, cristalizó en un género literario –el gótico– con mutaciones que van desde el tenebrismo romántico a la narrativa policiaca, pasando por los relatos de suspense, los cuentos de misterio o las distopías de ciencia-ficción, considerados por la crítica ortodoxa una literatura secundaria que, gracias a la convergencia entre la alta y la baja cultura, tan característica de la modernidad, ha terminado contaminando a casi todos los formatos narrativos literarios y cinematográficos hasta hacerse indisoluble del retrato de la realidad. El rasgo más característico de la literatura de terror contemporánea es su perspectiva prosaica. Su tendencia a la vulgarización. Nadie cree ya, salvo como arqueología, en los terribles cuentos con castillos encantados.
Las Disidencias en The Objective.
