Lo explica el gran Roberto Arlt, el mejor columnista (argentino) de todos los tiempos, en sus milagrosos Aguafuertes porteños. Uno de los hechos más asombrosos de la política consiste en contemplar a hombres hechos y derechos, desde ilustres burgueses a catedráticos de universidad, gente que merced a su fortuna o a su posición social podrían librarse perfectamente de la humillación de sufrir a un soberano, caer rendidos –de hinojos, como se decía en castellano– ante el líder analfabeto de un partido político. “Personas que todo el año hacen derroche de cordura pierden en tres días su buena dosis de sentido común y se convierten en correveidiles de los jefecillos parroquiales y aspirantes a una banca en la Cámara (legislativa)”. No es magia. Es la consecuencia de la ambición personal, la vanidad, la falta de cariño y de que la política, antes que cualquier virtud –formación, talento, empatía o generosidad– requiere de un acto expreso y, a ser posible duradero, de servidumbre voluntaria. El arquetipo que retrata Arlt se adapta con exactitud a la figura política de Fernando Grande Marlaska (Bilbao, 1962), ministro del Interior, juez de cámara del sanchismo y chambelán del Gran Insomne.
El Bestiarium en The Objective.
