Acostumbra a pensarse, en especial entre los eruditos, que la poesía es un arte misterioso, precioso e intraducible. Y, por tanto, cualquier intento o pretensión de trasvasarla entre su lengua de origen y la de destino conduce de forma irremediable al fracaso, pasando por la traición. Según esta tesis, verter un verso de un idioma a otro es, en el mejor de los casos, una suerte de aproximación, pues no existen dos lenguas idénticas y hasta las palabras más sencillas, las saetas con las que herimos a los otros o nos consolamos a nosotros mismos ante las desgracias, distan de tener un significado equivalente, por mucho que compartan la misma etimología. No se trata de una ley inexacta, pero esta regla tiene –como todas– sus excepciones, comenzando por la más obvia: un verso que no se entienda (o mejor dicho: que no se sienta) es lo más estéril que concebirse pueda.
Las Disidencias en Letra Global.

