Uno de los indicios (infalibles) para detectar si un político pertenece a la vanidosa izquierda posmoderna –aquella que se sitúa siempre en el lado correcto de la Historia, por lo general sin moverse del mismo palmo de tierra e ignorando que ni el pasado ni el presente son estampas cerradas, sino lienzos abiertos– es que, con o sin motivo, acostumbran a contarte sus experiencias subjetivas –“lo personal también es político”, decían las feministas en los años sesenta– y convierten de forma mecánica sus frustraciones y anhelos personales en indiscutibles categorías universales. La izquierda populista es una izquierda yo-yo. Siempre acaba contándote su vida como si fuera la biografía de Napoleón. Y, antes de transitar desde el el victimismo al supremacismo, que son las dos caras de una misma moneda, te exige que le prestes toda tu atención, sin reparar en aquello que le escribiera José Agustín Goytisolo a su hija Julia: “Un hombre solo, una mujer / así tomados, de uno en uno / son como polvo, no son nada”.
El Bestiarium en The Objective.
