El 10 de septiembre 1976, dentro de siete meses hará medio siglo, Adolfo Suárez –“¡Qué error, qué inmenso error!”, había escrito tras su designación como presidente Ricardo de la Cierva, historiador oficial del franquismo– daba cuenta de la aprobación por parte del Consejo de Ministros del borrador de la Ley de Reforma Política, el guión de la Transición escrito por Torcuato Fernández Miranda y la carta de navegación del famoso viaje desde la ley (de la dictadura) a la ley (de la monarquía). En su discurso, además de describir el desmontaje jurídico del régimen sin darle excesiva importancia –“elevar a la categoría política de normal lo que a nivel de calle es normal”– Suárez añadía una idea que, vista desde el presente, no deja de ser irónica. “Había” –explicaba– “que quitarle dramatismo y ficción a la política por medio de unas elecciones”. En aquel contexto histórico, con los cañones del ejército franquista apuntando a toda la sociedad, votar era una provocación. No así aquello que se quería conjurar: el teatro –España cuenta con una larga tradición dramática– y las mentiras propias de la política.
Las Tribunas en El Mundo.
