En cualquier acto consciente de figuración teatral, esa forma artificial de fingimiento artístico, el actor que se sitúa sobre las tablas, o frente a una cámara cinematográfica, intuye de manera natural si su interpretación es verosímil o resulta neutra ante la audiencia que lo contempla. En función de cuál sea su percepción, rebajará o amplificará sus gestos, mantendrá sus silencios y se demorará o amplificará sus diálogos. Un comediante quiere que le crean. Y, para lograrlo, debe atender a la reacción de su público. En el caso de este gobierno, que ni un solo día de estos últimos ocho años ha dejado de sobreactuar, la tragicomedia dentro de la cual nos tiene encerrados –hasta que no podamos votar seremos un público cautivo– se conduce por el método opuesto: importa poco lo que exprese la sala –a través de las encuestas– porque el guión es intocable. Suceda lo que suceda la compañía sanchista de titiriteros está dispuesta a interpretar su retablo de las mil y una maravillas hasta el final de los tiempos.
Las Crónicas Indígenas en The Objective.
