Aparecía en todas las fotos e imágenes, pero en una posición secundaria y, en apariencia, irrelevante. Siempre un paso por detrás de los ministros que, en un ciclo no precisamente virtuoso, iban a Ceuta a prometer lo que desde el principio sabían que no harían –repatriar los invasores, inmigrantes o no, que han convertido la capital española en el Norte de África en una ciudad en guerra– y a acusar, primero de forma discreta, y después abiertamente, a Juan Vivas (PP), el presidente de Ceuta, de ser un incendiario. A Miguel Ángel Pérez Triano (Ceuta, 1983), la malatesta del sanchismo en la ciudad caballa, nadie que no viviera o fuera de allí lo conocía hasta hace cincuenta días escasos. Ahora su rostro –barba tentativa de un par de días para compensar el vacío de una alopecia generosa– está en todas partes y su nombre figura en las diligencias de los juzgados. Su presunta inacción ante los avisos de las fuerzas de seguridad sobre la invasión –ignorados de forma consciente– lo han situado en el disparadero de la causa por presuntos delitos de prevaricación, omisión del deber, denegación de auxilio y homicidio por imprudencia que instruye la Audiencia Nacional.
El Bestiarium en The Objective.
