Por decirlo al insigne modo de Cervantes en el prólogo de su Persiles, donde el autor del Quijote se despide de nosotros con pena infinita –“El tiempo es breve, las ansias crecen, las esperanzas menguan, y, con todo, llevo la vida sobre el deseo que tengo de vivir”– pero al mismo tiempo con espíritu alegre –“¡Adiós, gracias; adiós, donaires; adiós, regocijados amigos; que yo me voy muriendo, y deseando veros presto contentos en la otra vida!”–, lo habitual cuando uno está con el pie en el estribo es que se haga recapitulación, acaso también un ajuste cuentas, se recuerde los momentos felices, dediquemos un instante a pensar en las personas que han significado algo durante nuestro ingrato devenir, evoquemos los paisajes disfrutados, los sitios donde se ha estado o los libros leídos, y busquemos consuelo frente a lo irremediable a la espera del momento fatal. Lo que ya no es tan normal es que, en semejante trance, se tengan ganas de escribir y menos de inventar nada. Salvo que seas Álvaro Pombo (Santander, 1939).
Las Disidencias en Letra Global.

