Probablemente en ningún otro escritor como en Ramón J. Sender (1901–1982) se haga expresa la idea de Schopenhauer de que el mundo no es más que un acto ciego de voluntad –regido por el deseo natural de existir y persistir de todas las cosas, como pensaba Spinoza– que adopta la forma (imperfecta) de una representación. Si existe un rasgo común que atraviese la historia de las literaturas hispánicas es la insistente atención hacia lo concreto, aunque a veces se formule bajo el código de la fábula. Desde el Poema de Mío Cid hasta Últimas tardes con Teresa, de Juan Marsé, por establecer de forma arbitraria un alfa y fijar un omega, en las letras españolas todo es realismo, aunque esta condición no se exprese de una única forma, sino con variantes diversas y hasta contradictorias. La obra de Sender, que acaba de incorporarse al catálogo de la Fundación Castro en dos volúmenes que contienen seis de sus mejores narraciones, cuya edición corre a cargo de Juan Carlos Ara Torralba, responde fielmente a esta obstinación (ibérica) de descreer del idealismo y concentrarse en lo prosaico. Sender, igual que Cervantes, Galdós o Baroja, es el novelista de todos los realismos.
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