El primer torneo en televisión entre los cinco candidatos, cinco, al Quirinale fue como una junta de vecinos mal avenidos –donde cada comunero repite sus traumas y nadie habla de la derrama de la escalera– más que un intercambio (civilizado) de pareceres. No hubo duelo, porque eran muchos y todos se enfocaron contra todos, sin alinearse en bloques. Cada uno vendió su paño y dejó traslucir su carácter. Moreno, el Gran Laurel, corbata verde y traje azul prestigio, quería huir de la confrontación a toda costa (sin conseguirlo). Vendió la estabilidad institucional como la solución a todos los problemas –que a su juicio no son graves porque Andalucía es la Toscana del Quattrocento desde que él preside la Junta– y se defendió de los ataques braceando como un nadador que, a ratos, tragaba bastante agua. Pasó algunos apuros, aunque lo disimulase con silencios y rictus serio. Sin duda, fue la falta de costumbre. Una cosa es predicar y otra dar trigo. A Gavira le preocupa que los extranjeros se queden con la cosecha y a las izquierdas que las ayudas sociales no alcancen a las masas proletarias. Pero ninguno formuló la gran pregunta: ¿Veremos algún día una Andalucía que no necesite ayudas?
Los Cuadernos del Sur en La Vanguardia.
