Los arrepentidos gozan de buena prensa desde los tiempos de Agustín de Hipona, al que hicieron santo después de lustros de disfrutar de la vida disoluta de un bala perdida. No sucede lo mismo con los delatores, a quienes se les considera traidores debido al malentendido –en buena medida artístico, pero también hipócrita– de que la realidad debe parecerse al ideal, sucediendo lo contrario. En la figura pública de Víctor de Aldama (Madrid, 1978) cohabitan ambos arquetipos y una insoluble contradicción moral: es un delincuente de altos vuelos, como evidencia la sentencia del Supremo por el Caso Mascarillas, pero su castigo ha sido bastante menor al de Ábalos y Koldo, dos de los más activos industriales del sanchismo. La cosa llega al punto de que a la Moncloa le escandaliza más la rebaja del castigo a este corruptor confeso que la condena de la parte más rumbosa y berlangiana del célebre clan del Peugeot. Una diferenciación que expresa, de forma indirecta, una posición moral:
El Bestiarium en The Objective.
