De los grandes misterios –es el caso de la maldita muerte o del arte más sublime– acostumbra a escribirse mucho. Casi se diría que demasiado. En exceso. Tiene fácil explicación: si supiéramos de verdad qué sucede tras el largo viaje de donde nadie regresa o descubriéramos los sortilegios de la creación, de la que somos consecuencia y causa, no escribiríamos ni una línea. Es la ignorancia, y a ratos una inconsciencia suicida, la madre de la mejor escritura literaria. Esta regla puede aplicarse también a muchos de sus autores mayúsculos, de cuyos hechos vitales no sabemos demasiadas cosas, o bastante menos de lo que desearíamos, y es esta inmensa laguna la que explica que pasemos tanto tiempo dando vueltas sobre un círculo hecho de vacío. Nadie, a veces si siquiera algunos de los mayores genios de la humanidad, puede explicar cómo crearon, desde la nada, un mundo de ficción, un personaje, una determinada forma de contemplar la máquina del mundo.
Las Disidencias en Letra Global.

