A José Luis Rodríguez Zapatero (León, 1960), expresidente profesional y hombre sonriente con un perfil siniestro, al decir de los venezolanos en el exilio, no es sencillo olvidarle. La reverberación de su rostro, escondido tras una careta de simpatía constante, que muestra o atenúa en función de si está delante de un auditorio o se encuentra en la intimidad, siempre le ha ayudado en los trances de la vida. Le permite mostrar coordialidad en vez de hipocresía. Y en sus comienzos favoreció una caricatura –el socialista Bambi– que disimulaba el cesarismo y la avaricia. Hasta ahora, que todos sabemos, con independencia de lo que diga la justicia, que ni es humilde ni era sobrio. Tampoco feliz. No puede serlo alguien que finge sin descanso. Su notoriedad pública –argumenta el juez Calama, un magistrado suave en las formas pero sólido en su trabajo y, por tanto, inatacable por la maquinaria victimista del sanchismo– le ha salvado (hasta ahora) de un necesario registro domiciliario y de las cautelares: retirada del pasaporte, prohibición de viajar al extranjero o la prisión preventiva.
El Bestiarium en The Objective.
