La fundación de Troya

Heráclito, el oscuro, filósofo de la antigua Hélade, escribió que en la vida las cosas ocurren por discordia o por necesidad. O por ambas cuestiones. En la República Indígena, desde luego, confluyen: somos pobres -aunque algunos no lo noten porque viven del pesebrismo– y la autonomía (que no es sino una dependencia con teatrillo parlamentario) está llena, rebosante, de esa sumisión que indica la ausencia de libertad, que es la peor de todas las patologías sociales posibles. Se acerca el día en el que la Reina de la Marisma anunciará su propia misa del jubileo -en los mentideros se habla ahora de diciembre- y, pese a que los heraldos todavía cantan la milonguita del “adelanto técnico”, lo cierto es que al final vamos a tener elecciones separadas. Más que por la pamplina del “acento andaluz” se debe a que la baraka con la que empezó a andar (hacia atrás) Sánchez I se ha tornado tempestad.

Las Crónicas Indígenas del sábado en El Mundo.

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