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carlosmarmol

El arte del buche

carlosmarmol · 11 abril, 2020 · Deja un comentario

La literatura gastronómica es una suerte de mística que habla de los placeres del cuerpo en vez de ponderar los esforzados sacrificios del espíritu. Parece contradictorio, pero no lo es en absoluto. “Al fin y al cabo un místico” –escribe G.K. Chesterton– “es un hombre que separa el cielo y la tierra, aunque disfruta de ambos”. Para entender el Paraíso conviene pisar antes la Tierra. Sobre todo en estos momentos en los que, desde nuestra celda, cuestionamos la vida tal y como hasta ahora la entendíamos. La contradicción, por otra parte, es uno más, acaso el más excelso, de los rituales intelectuales. Ocurre también en el arte del buen yantar: sabemos que se trata de un ejercicio carnal –gracias a él nuestro cuerpo perdura– pero si lo ejecutamos como si fuera una gran sinfonía puede convertirse en una vía gloriosa para el nirvana. No siempre se ha considerado de esta forma. Esparta, por ejemplo, educaba a su héroes mediante los crudos ingredientes de la disciplina, el ayuno, la escasez y la frugalidad. En el Diálogo entre Babieca y Rocinante que preludia El Quijote, Cervantes escribe un soneto donde la falta de comer se asocia (aparentemente) con la trascendencia del pensamiento: «B: Metafísico estáis./R: Es que no como«.

Las Disidencias en #LetraGlobal.

Naufragios y ensoñaciones

carlosmarmol · 11 abril, 2020 · Deja un comentario

Aunque no lo crean ciertas almas cándidas, escandalizadas por haber tenido que contemplar hace unos días en la primera página de este periódico la elocuente foto de un silencioso depósito lleno de ataúdes, el coronavirus mata personas. Muchas. Bastante más de las que indican las estadísticas oficiales. En Nueva York, donde los últimos decesos por la pandemia superan ya a los registrados en cualquier otro país del orbe, han empezado a excavar fosas comunes en la isla de Hart (Bronx) para dar tierra a la multitud anónima ahogada por el virus, que también ha aniquilado las últimas esperanzas de que nuestras instituciones democráticas funcionen como es debido o, simplemente, nos cuenten la verdad de este drama. Nuestros políticos han demostrado ser incapaces de controlar y atenuar la crisis múltiple del COVID-19, que es sanitaria, económica y cultural. Una vez comprobado que el naufragio que sufrimos será duradero, parecen haber resuelto además, con las víctimas de su incompetencia encima de la mesa, ponerse medallas. Unos y otros. Los héroes de esta guerra, por supuesto, son otros distintos, pero las evidencias en el obsceno juego de medias verdades y narcisismo que es la política de los simples no importan demasiado. La verdad oficial, que es la mentira elevada a la cumbre, se fija por decreto.

Las Crónicas Indígenas en El Mundo.

El coronavirus, secreto autonómico

carlosmarmol · 10 abril, 2020 · Deja un comentario

Luigi Pirandello, probablemente el mejor dramaturgo de su tiempo, cierra el acto primero de Así es (si así os parece) con la sonora carcajada de Lamberto Laudisi, una de sus criaturas, que ríe sin decoro cuando la conducta del resto de personajes de esta farsa filosófica evidencia que es imposible descubrir el verdadero rostro de la verdad porque cada uno de los seres que le rodean cree que la verdad es lo que ellos desean que sea, no lo que realmente es. La interpretación social de la crisis del coronavirus, que es múltiple y al mismo tiempo pavorosa, replica exactamente esta misma escena. Cada uno de los actores políticos y sociales afectados por la pandemia y sus catástrofes han comenzado a desentenderse de los muertos ciertos, cuyo número exacto todavía desconocemos, para gestionar (a su favor) los decesos virtuales, que son los que les ayudan a sostener su relato político. La gestión del coronavirus se ha convertido, de esta forma, en un obsceno desfile de méritos y deméritos, cuando todos los implicados institucionales en el manejo de la tragedia –Gobierno y autonomías– tienen infinitas sombras que ocultar.

Los Cuadernos del Sur en La Vanguardia.

El luto de los boleros

carlosmarmol · 8 abril, 2020 · Deja un comentario

¡Líbrenos Dios, el Misericordioso, de la gente demasiado amable y bondadosa! Detrás de la santidad superlativa acostumbra a esconderse el diablo, que, como dejó escrito Dylan, tiene la costumbre de disfrazarse de hombre de paz. La máxima puede aplicarse, y de hecho conviene hacerlo, a la gestión política de la crisis múltiple del coronavirus en Andalucía, que algunos presentan como modélica (les pagan por hacerlo) y otros, en cambio, vemos como un rosario de quebrantos presentes y venideros. En estos tiempos apocalípticos, la gente demanda a los políticos eficacia y ciertas verdades, aunque sean amargas. En el Quirinale de San Telmo presumen de lo primero y simulan hacer lo segundo, pero, por desgracia, los hechos desmienten la idílica estampa que nos dibuja cada día el gobierno del cambio (sin cambio). Decir que en la Marisma los datos de la enfermedad son esperanzadores (los más de 500 muertos parece que nunca nacieron) es contar una media verdad. No se han hecho pruebas diagnósticas ni a todos los sanitarios que todavía están en los hospitales ni a la mayoría de la población. ¿Cómo diablos se puede sostener que la pandemia se encuentra bajo control? Pues lo dicen. Resulta ridículo ver a alguno ponerse medallas -«nuestras UCIS disponen de plazas libres»- cuando todos estamos viviendo, y no gracias a la transparencia de San Telmo, un auténtico exterminio en las residencias de ancianos, donde nuestros viejos, preludio de lo que nosotros seremos (con suerte) algún día, mueren bajo el muro de silencio impuesto por los dueños de los geriátricos y la Junta, unidos en una vergonzosa alianza que consiste en ocultar a los familiares de los ancianos su situación sanitaria hasta que ya es tarde.

Las Crónicas Indígenas en El Mundo.

La herejía de pensar

carlosmarmol · 6 abril, 2020 · Deja un comentario

La etimología, que es el arte que describe la magia ancestral de las palabras, diferencia claramente entre los políticos y la política. Parecen términos equivalentes, pero desde el punto de vista histórico designan conceptos divergentes. Los políticos son los gobernantes de la polis. Rectores sabios, dictadores crueles o líderes populistas. Hay de todo. La política es la comunidad. Todos nosotros: la sociedad que ejerce el derecho de ciudadanía, cuya naturaleza varía según el instante cronológico. Para Aristóteles, la ciudadanía griega obligaba a participar en los asuntos públicos; durante el siglo XVIII el concepto tiene que ver con las libertades y la posesión de patrimonio. En el XIX el término incluye el derecho a votar y a constituir banderías. En el siglo XX, en Occidente, implica una conquista social: el Estado del Bienestar. En estos veinte días de encierro súbito provocado por el coronavirus todos estos significados de ciudadanía se han ido por el desagüe. Ser un ciudadano se ha convertido en un pasatiempo triste y chato: se limita a salir al balcón para aplaudir (a los sanitarios) o tocar la cacerola (contra la monarquía). Nada más. Aunque podemos extender su sentido a un inesperado privilegio: disfrutar de un asiento de primera para contemplar el espectáculo de nuestra ruina. La función que se nos ofrece es del género piadoso: oculta a los muertos –casi 12.500– y pretende cegarnos con el cuento de que la cultura sirve para entretener, cuando su función es ayudarnos a discurrir solos.

Los Aguafuertes en Crónica Global.

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Ilustraciones: Daniel Rosell