La verdadera seriedad es cómica. Y la poesía contemporánea se escribe en prosa, sin versos. Parecen los acertijos de un matemático. Y, en efecto, lo son; pero al mismo tiempo también son dos de las enseñanzas mayores –enunciadas en diminutivo– del mayor revolucionario de la poesía en español durante el último medio siglo: Nicanor Segundo Parra Sandoval, más conocido como don Nica o simplemente como el (anti)poeta mayor que vieron los chilenos después de Neruda, que más que un poeta era toda una constelación. Como diría él mismo, cuando vio la primera luz del día no venía preparrado para vivir más de un siglo. Ni siquiera sabía si sobreviviría a la pobreza ambiental y al abandono de un padre jaranero y borrachín. Pero hace sólo unos días rebasó en tres años su centenario existencial y su nombre volvió a colocarse en el carrusel de efemérides culturales que marcan la agenda oficial.
El nacionalismo de la Marisma
Fue en Torremolinos. Como en las viejas películas de Ízaro Films. La Reina de la Marisma proclamó ante los históricos próceres de la autonomía –sólo Escuredo y Borbolla; Chaves y Griñán aguardan el juicio de los ERE–, que el nacionalismo (de los demás) es incompatible con el socialismo susánida. “Los nacionalistas levantan fronteras; los socialistas, las eliminamos; los nacionalistas buscan privilegios, nosotros defendemos la igualdad”. Por supuesto, hubo aplausos. Es de suponer que espontáneos, aunque sabiendo que los peronistas rocieros son una legión que se nutre del presupuesto común es lícito albergar ciertas dudas. Su Peronísima hizo acto seguido algo inaudito: animó “a la izquierda andaluza” a proteger “el corazón de la región” y reivindicar un 4D que el PSOE jamás ha querido conmemorar.
Las Crónicas Indígenas del sábado en El Mundo.
El faro de Alejandría
El alcalde de Sevilla es un estadista. Un tipo con porte. Un político optimista. Un hombre al que todo, absolutamente todo, le parece bien. Lo suyo es la concordia, el buen rollo, la simpatía espontánea y natural. El hombre tiende a ver la botella medio llena siempre. Es así. Tiene un carácter en positivo, nunca manifiesta sentimientos negativos. Tanto que considera que desde la Expo 92 en Sevilla no ha sucedido nada más importante, coronaciones de vírgenes aparte, que el I Foro Global de Gobiernos Locales, que hace unas semanas le permitió hablar -por los codos- de su verdadera pasión: las políticas medioambientales.
Las lágrimas de los cocodrilos
El pulso del nacionalismo contra la democracia española, que aunque imperfecta es la única que por ahora tenemos, ha provocado, como era previsible, un interminable carrusel de antiguos altos cargos autonómicos acudiendo a los juzgados para explicar ante un juez lo que todos hemos visto (varias veces) en directo: la comisión de (supuestos) delitos contra el ordenamiento constitucional. Han desfilado todos menos Puigdemont, huido a Bruselas en busca de la enésima internacionalización de un conflicto que no existe –ni existirá– porque no estamos ante un litigio político, sino frente al capricho de determinadas élites de apropiarse de lo que nos pertenece a todos: la cultura y los haberes de la Cataluña plural. El saldo de esta aventura está siendo magro; los costes, sobre todo para la sociedad catalana, tremendos.
Los Aguafuertes del lunes en Crónica Global.
Clarín, un idealista contra el soberanismo
La historia es la madre de todas las analogías. Y el catálogo más fiable de las pesadillas humanas. La situación política catalana, marcada por un delirio partidario que está quebrando el principal patrimonio de cualquier país, que es la convivencia civil, reproduce muchos rasgos de los graves episodios de tensión regionalista acontecidos a finales del siglo XIX, cuando una España agraria, atrasada y caciquil se quedó sin sus últimas colonias de ultramar. Obviamente, los actores en liza son distintos. El lenguaje tampoco es exacto. Y muchas circunstancias son divergentes. Pero la disyuntiva básica de aquel entonces –cómo reinventar una nación en franca decadencia– se reproduce más de un siglo después con una sorprendente obstinación, lo que demuestra que el problema de España es un bucle sin solución.
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