Existen dos vías (ambas arduas e incluso dolorosas) de conocimiento: la erudición y la emoción. La primera requiere tiempo, estudio, curiosidad una cierta capacidad de comprensión y mucha disciplina de trabajo. Nadie se convierte en sabio de forma espontánea. La segunda –la fórmula emocional, que es la propia de todas las artes– presupone contar con una notable sensibilidad natural –tarea que puede exigir toda una vida o apenas un instante– y necesita, también, el talento para traducir experiencias íntimas a los demás, tradicionalmente a través de la magia de las palabras. La aproximación intelectual es la propia de los filósofos, los historiadores y los pensadores. La interpretación estética es la que define a los poetas. Eduardo Jordá (Palma de Mallorca, 1956) pertenece a esta última estirpe –su obra poética está recogida en las antologías Pero sucede (Renacimiento) y Doce lunas (Fundación Lara)– aunque también haya explorado con éxito la narrativa, la escritura de dietarios, la literatura de viajes y el fértil género del ensayo literario, con un desvío especial hacia personajes de la cultura popular, como evidencian sus libros biográficos sobre el músico irlandés Van Morrison y el cantante norteamericano Hank Williams, último forajido del género musical del country and western.
Las Disidencias en The Objective.
