En España, como dejó dicho el difunto Alfredo Pérez Rubalcaba, el Fouché del PSOE del Antiguo Régimen, enterramos espléndidamente a aquellos que pasan –no siempre de forma voluntaria– a esa mejor vida que no es vida en absoluto. La política indígena es todo un prodigio en el arte, nunca suficientemente valorado, de las pompas fúnebres y los rituales del adiós.Ni siquiera hace falta contratar a las célebres plañideras, esa lacrimosa institución social de la Roma primitiva, para que exageren el dolor (fenicio) causado por una pérdida. París –símbolo del poder– bien puede valer una misa, como decían los hugonotes, pero de lo que no cabe ninguna duda es de que exige un buen funeral. Con coronas, desfiles y catafalcos. Esto mismo –dejar atrás el pasado y asumir el inevitable porvenir– es lo que ha hecho Moreno Bonilla al aceptar ser investido como presidente de la Junta de Andalucía por tercera vez –en un agónico segundo acto– gracias a los quince diputados meridionales de Vox.
Los Cuadernos del Sur en La Vanguardia.
