No existe ninguna imagen más fiel de la muerte que la de una de esas vías infinitas de ferrocarril, oxidadas y abandonadas, sobre las que se proyecta, como en sfumato, un horizonte al que no le vemos el final. Porque no lo tiene. La muerte no es un destino. La muerte es quedarse a mitad del camino hacia algún lugar. Nada la evoca mejor que los caminos de hierro que conducen a los trenes regulares a sus destinos, vertebrando el país y haciendo que su sangre palpite hasta que, ya sea por el tiempo o por la desidia, o por ambas cosas, un día se convierten en arqueología y nostalgia. Las metáforas, a veces, se dan la vuelta, como si el tiempo, cuando avanza, estuviera en realidad retrocediendo sobre sus pasos. Retornando a su semilla. En 1992, cuando España creía haber conjurado los fantasmas de su Historia y alcanzaba el viejo sueño de Ortega y Gasset –Europa es la solución– y accedía a una modernidad que dos décadas antes hubiera sido quimérica, la alta velocidad se entendió –y se sintió– como la prueba irrefutable de un cambio social sin vuelta atrás.
Las Crónicas Indígenas en El Mundo.
