Los sofistas fueron los primeros embaucadores de la historia del pensamiento. En la Grecia clásica se les reverenciaba como filósofos o se los vituperaba por ser charlatanes a sueldo. No dejaban indiferente. Después los sustituyeron los cosmógrafos: hacedores de los mapas que durante la Edad Oscura intentaron reproducir al detalle el orbe conocido, fijando extendidas categorías universales. Referenciaban lo que conocían de primera mano e inventaban todo aquello que ignoraban. Sus licencias figurativas terminaron con el tiempo convirtiéndose en la realidad misma, que ya sabemos que no es exactamente todo aquello que es cierto, sino sólo lo que tiene la apariencia de serlo. Los hombres del Medievo, aplastados por la teocracia, consideraron dignas de estima todas sus elucubraciones geográficas. Cosa nada extraña en una sociedad que tenía a los libros de caballería, contra los que Cervantes escribió su Quijote, por historias plenamente sinceras. Válidas.
Crónicas Indígenas
Menosprecio de aldea, alabanza de corte
Los antiguos amaban el campo e idealizaban la vida campestre. No tenían más remedio: era su entorno cotidiano. Desde el Beatus ille de Horacio a las Geórgicas de Virgilio, buena parte de la literatura clásica enaltece con vehemencia la función de la aldea como paraíso, nación y destino. La lírica acostumbra a dar prestigio a los conceptos –si es buena, por supuesto– pero no siempre tiene la razón. La desvertebración territorial y la mentalidad rústica continúan siendo los dos grandes males que aquejan a la patria incluso ahora que, a la vista de la agenda pública, seguimos dándole vueltas a la noria de lo que somos, cosa que nunca termina de quedar clara.
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Noción de patria
El maestro Baroja, el pavoroso hombre malo de Itzea, aquel ogro tan poco filantrópico que gastaba boina negra, acuñó una frase que todavía hoy algunos no parecen ser capaces de comprender. Viene a decir que la inteligencia no tiene domicilio territorial. Un periódico carlista –El Pensamiento Navarro– le había solicitado una colaboración para sus páginas literarias y el novelista vasco declinó la invitación con sorna:
“No puedo. Su periódico es un oxímoron. O es pensamiento o es navarro. Ambas cosas a la vez es imposible”.
Tenemos que darle la razón: vincular las ideas con la patria, que no es un destino, sino una contingencia, es la impostura más ridícula del mundo. La cultura siempre ha sido un hecho individual por mucho que determinados antropólogos nos la presenten cocinada, con reducción al vino tinto, dentro de un inevitable menú colectivo.
