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Disidencias

La España de Julián Marías

carlosmarmol · 14 agosto, 2021 · Deja un comentario

En 1976, un año después de la muerte de Franco, Julián Marías (1914-2005) alumbraba en Espasa-Calpe una colección de “libros de pensamiento” bautizada con el nombre de Boreal. Era un proyecto editorial que rendía un homenaje (a la inversa) a la celebérrima colección Austral del sello editorial. “Boreal” –escribía el filósofo– “nace con la esperanza de abrir una época en que la libertad, la veracidad y la claridad sean posibles, y acaso lleguen a ser las condiciones normales de la vida intelectual”. La aspiración de Marías suponía una anomalía. España todavía estaba gobernada por los herederos de la dictadura y se debatía –en silencio o con estruendo, dependiendo de dónde se mirase– entre el continuismo totalitario, instaurado tras la Guerra Civil, y la incertidumbre de lo que se conocía como la ruptura. Muchos españoles deseaban que todo siguiera igual –la etapa crepuscular del franquismo coincidió con el espejismo de una humilde prosperidad material, sin libertades, en un país que antes de la contienda era mayormente pobre, agrario y analfabeto– y otros soñaban con un viraje en relación a un pasado inmediato que, en el fondo, desde el principio siempre simbolizó el pretérito. Al final, triunfó una vía intermedia: una reforma, cocinada en los despachos del poder con la colaboración con la oposición, incluidos los nacionalistas vascos y catalanes, que rodeó a los extremismos –entonces nada irreales–, salvó la amenaza militar (a pesar del 23-F) y encarriló un sistema político que, al amparo de la concordia, decidió mirar hacia adelante, en vez de ajustar cuentas con el pasado reciente.

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Los rostros de Andrés Trapiello

carlosmarmol · 7 agosto, 2021 · Deja un comentario

“Jamás reveles el secreto que te confía un niño. No hay nada más vil”. Lo escribe casi con furia contenida, pero evidente, quizás la de quien ha contemplado esta escena muchas veces, como protagonista o como víctima, Andrés Trapiello en el vigésimo tercer volumen de sus diarios, Quasi una fantasía, cobijados al amparo del salón de pasos perdidos que es cualquier existencia, la suya y la de todos, vivida de una vez y para siempre. Trapiello, escritor ambulante, según su autorretrato, trazado a medias entre la caricatura y un asombro que sin duda tiene algo de teatral, proyecta un principio moral al enunciar este aforismo, pero no tarda demasiado en enmendarse a sí mismo (en otro libro). El oficio de la escritura obliga a hacerlo. Porque justamente eso, mostrar la intimidad de un lejano infante de provincias, nacido a principios de los cincuenta en la Vega de León, es el sacrificio (diríamos que epifánico) que el escritor acomete en La fuente del encanto, una suerte de poética (por supuesto, escrita en prosa) con la que la Fundación Lara festeja el centenar de entregas de la colección Vandalia, donde el autor de Las armas y las letras, alumbra una antología de inéditos y versos esenciales de toda su trayectoria. El libro, en el que se recrean las circunstancias que rodearon la escritura de los poemas escogidos, sin manifiesto, ni retórica, sin solemnidad, construido únicamente a partir de la memoria y los recuerdos, es un prodigio de sensibilidad literaria.

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Los dioses de época de Valentí Puig

carlosmarmol · 31 julio, 2021 · Deja un comentario

Josep Pla, probablemente uno de los mejores escritores de periódicos que han visto los siglos pasados y verán los venideros –a estas alturas del tiempo ya podemos decirlo sin errar–, tiene un libro maravilloso entre su larga colección de asombros literarios que se titula Las horas. En su prólogo, firmado junto a la chimenea del Mas Pla en 1971, hace ahora casi medio siglo, una década antes de su muerte, escribe: “Este libro representa un calendario más o menos lírico, más o menos poético; pero, como el libro está escrito en prosa, nunca acaba de desprenderse de la realidad más terrestre (…) Lo he titulado Las horas porque es un título grave, adecuado y bonito (…) Aunque la presión del paso del tiempo es dolorosa y a veces insoportable, soy partidario de no eludirla, porque mi experiencia me lleva a creer que sólo quienes sienten ese dolor sordo –o agudo– aprovechan la vida, en el sentido más general del término, y aprovechan para tener alguna idea de sus maravillas”.

Es una definición perfecta del arte (tan incomprendido) de escribir dietarios, donde la memoria se entrelaza con los hechos, los recuerdos cohabitan, no siempre fielmente, con las sensaciones y, en el caso de los grandes memorialistas literarios, se hace verdad lo que escribió Machado (Antonio) en su Retrato: “Quien habla solo espera hablar a Dios un día”. Salvo para los creyentes, que confían en la trascendencia del alma y tienen resuelta de antemano la gran incógnita, el común de los mortales no contamos con otra deidad más a mano que nosotros mismos. Tal evidencia no expresa egotismo, sino sabiduría: el paso del tiempo y el tránsito de las hojas del calendario van reduciendo los encuentros, las sorpresas y las compañías. En eso consiste crecer. El argumento de ese cuento (de terror) que llamamos envejecer, cuyo único atenuante –remedio ya sabemos que no existe– pasa por aprender a convivir con el desconocido que habita en nuestro interior y encontrarle armonía a lo que decía Borges: “He observado que la belleza, como la felicidad, es frecuente. No pasa un día en que no estemos un instante en el paraíso”.

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El caleidoscopio del caciquismo

carlosmarmol · 25 julio, 2021 · Deja un comentario

La verdadera seriedad es cómica, escribió Nicanor Parra. La muerte es una asesina que sonríe. Y todas las vidas sin excepción –incluso las de ensueño– comienzan con sangre, sudor y llantos. Las cosas tienen su haz y su envés. Cara y reverso. La Historia, a la que algunos dan por muerta aunque con seguridad vaya a ser la invitada principal en su propio sepelio, puede resumirse con un caricatura. Los dramas mudan en chistes gracias a la magia infalible de la sátira. Acaso quienes mejor retrataron el siglo XIX español, junto a Galdós y Clarín, sean los ilustradores de la prensa burlesca. En 1868, cuando Isabel II fue destronada, comenzaron a llenar los diarios con su humor salvaje y corrosivo. Fue una etapa breve –seis años después, en 1874, los borbones volvían al trono y la fiesta terminaba– que, sin embargo, nos ha dejado imágenes exactas y crudas de la clase política ibérica. En los más de seiscientos diarios que entonces salían a la calle, cada uno haciendo la guerra por su cuenta, el arte bastardo de los caricaturistas inmortalizó, sin piedad y sin censura, a los próceres y los prohombres de un país que a finales de esa centuria perdería las últimas plazas de su imperio de Ultramar.

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Edgar Morin, filosofía e incertidumbre

carlosmarmol · 17 julio, 2021 · Deja un comentario

“Hay que evitar los 100 años. Es mejor cumplir directamente 101”. Con esta frase irónica, publicada en las redes sociales, donde tiene cuentas activas, Edgar Morin (1921), uno de los filósofos europeos más influyentes de su tiempo, saludaba el glorioso amanecer de su primer siglo. Considerado el padre del pensamiento complejo, el filósofo francés ha entrado y salido como una exhalación (casi siempre con acierto) en disciplinas tan variadas como la cultura, la sociología, la política, el cine, la ciencia o el arte. A su edad sabe que la muerte le acecha, pero también que su obra intelectual le sobrevivirá y, con el curso del tiempo, acaso termine siendo, dado el erial humanístico que necesita el capitalismo tecnológico para maximizar sus beneficios, una última roca a la que aferrarse frente a la tempestad de idiocia, sentimentalismo y vanidad asentada en la mayoría de las sociedades contemporáneas. “La ciencia progresa, pero la conciencia retrocede”, escribía este junio.

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Ilustraciones: Daniel Rosell