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Disidencias

La Barcelona lunfarda

carlosmarmol · 18 abril, 2020 · Deja un comentario

Toda la verdad de la vida está atrapada en los compases de un tango. La existencia como un melodrama sentimental. Las calles como una aventura agria. Las mañanas de amanecer sucio. Esos días en los que el crepúsculo se alza como una noche infinita donde todo es posible y abominable. Bello y hediondo. El imperio del naturalismo sólo es una más de todas las variantes posibles de la poesía de la vulgaridad, el código literario del mundo moderno antes de la popularización de la tecnología. El universo, entonces, era en blanco y negro. Violento y auténtico. Se mentía de verdad, no con desgana o por costumbre. El pálpito íntimo de los hombres ciertos –los famosos guapos de los poemas de Borges– oscilaba desordenadamente entre las ensoñaciones políticas –hablamos de la era del anarquismo en alpargatas– o se derramaba sobre los adoquines sucios de callejuelas sin salida. Se dormía en catres llenos de piojos, entre ladrones y bandoleros de segunda clase, soñando con una libertad indecente. Y se envidiaba a los afortunados patronos con bigotes a lo Bismarck que podían distraer la melancolía de las tardes en burdeles con pianolas desafinadas. Lujo y espanto. Vida y muerte. El mar sordo, a lo lejos.

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El arte del buche

carlosmarmol · 11 abril, 2020 · Deja un comentario

La literatura gastronómica es una suerte de mística que habla de los placeres del cuerpo en vez de ponderar los esforzados sacrificios del espíritu. Parece contradictorio, pero no lo es en absoluto. “Al fin y al cabo un místico” –escribe G.K. Chesterton– “es un hombre que separa el cielo y la tierra, aunque disfruta de ambos”. Para entender el Paraíso conviene pisar antes la Tierra. Sobre todo en estos momentos en los que, desde nuestra celda, cuestionamos la vida tal y como hasta ahora la entendíamos. La contradicción, por otra parte, es uno más, acaso el más excelso, de los rituales intelectuales. Ocurre también en el arte del buen yantar: sabemos que se trata de un ejercicio carnal –gracias a él nuestro cuerpo perdura– pero si lo ejecutamos como si fuera una gran sinfonía puede convertirse en una vía gloriosa para el nirvana. No siempre se ha considerado de esta forma. Esparta, por ejemplo, educaba a su héroes mediante los crudos ingredientes de la disciplina, el ayuno, la escasez y la frugalidad. En el Diálogo entre Babieca y Rocinante que preludia El Quijote, Cervantes escribe un soneto donde la falta de comer se asocia (aparentemente) con la trascendencia del pensamiento: «B: Metafísico estáis./R: Es que no como«.

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El mito de la caverna, versión 5.0

carlosmarmol · 4 abril, 2020 · Deja un comentario

René Magritte, el pintor belga, tiene un cuadro –La reproduction interdite (1937)– donde aparece un hombre de espaldas frente a un espejo que, en vez de reflejar su rostro, le devuelve su espalda. La imagen no muestra la identidad del protagonista, sino su reverso, que es la vista de una tercera persona ausente de la imagen. La realidad y sus simulacros, que pueden ser tanto las mentiras abiertas como las perspectivas insólitas de un mismo hecho, constituyen uno de los ejes de la historia del pensamiento occidental. Durante siglos los filósofos han debatido hasta qué punto nuestras percepciones coinciden o difieren de los hechos. Y cómo determinadas ensoñaciones, individuales o colectivas, ambas nacidas de nuestra conciencia, se convierten en objetivamente verosímiles. Es un fenómeno recurrente en todas las crisis culturales, esos instantes en los que un suceso que parecía impensable –léase el 11-S o la actual pandemia del coronavirus– se hace cierto. Las apariencias, es sabido, no son exactamente la realidad. Las imágenes traicionan. Magritte lo simboliza en otro cuadro, pintado a finales de los años veinte: Ceci n’est pas une pipe, el lienzo que nos presenta un útil de fumar que se niega a sí mismo. La pintura muestra una pipa, pero una frase inferior la desmiente porque el óleo no es más que la representación de la cosa. Michel Foucault, el filósofo francés, escribió un ensayo sobre esta paradoja especular creada por Magritte, donde una supuesta evidencia se anula a sí misma, creando una misteriosa discordancia. En realidad, el lienzo del pintor belga lanza un interrogante antiguo: ¿es cierto lo que tenemos por tal? ¿Está sucediendo, aquí y ahora, lo que vemos? ¿Acaso no somos las víctimas de nuestras propias certezas? ¿El mundo real lo es cuando nos resulta asombroso?

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La democratización de la angustia

carlosmarmol · 28 marzo, 2020 · Deja un comentario

“Todos los hombres de genio son melancólicos, sobre todo los que se dedican a lo cómico”, escribió Hartley Coleridge (1796-1849), ensayista inglés e hijo del poeta Samuel Taylor Coleridge. Es cierto. Basta recordar las imágenes del trompetista Louis Amstrong solo en su camerino antes de salir a tocar. Un mundo secreto, en blanco y negro, lleno de melancolía, antítesis del espectáculo y su máscara. La tristeza, que a lo largo de la historia ha recibido distintos nombres y se ha encarnado en distintos cuerpos, desde el miedo a la depresión, no goza en estos tiempos de buena prensa. En la sociedad contemporánea quien que se aparta de la tribu para recluirse se ha convertido en un personaje inquietante, herético, anómalo. El pesimismo parece un pecado; el realismo, una anomalía. Todos debemos ser felices por obligación marcial, tal como establecía la Declaración de Derechos del Estado de Virginia, que en 1776 declaró como ineludible objetivo patriótico “la búsqueda y la obtención de la felicidad”. Una fórmula replicada en 1812 por la Constitución liberal de Cádiz, que justificaba la existencia del Gobierno con el argumento de procurar “la felicidad de la Nación”, aunque ya sabemos que para ser felices –e ineficaces– no basta uno, sino diecisiete.

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Barcelona, 1918

carlosmarmol · 21 marzo, 2020 · Deja un comentario

“El naturalismo –pienso– sólo tiene un defecto: ser verdad. La frase de Carnet de que los libros naturalistas se deben leer con un ramo de rosas al lado es una frase un poco cursi, pero incluye un consejo apreciable. El naturalismo no gustará nunca mucho porque implica la descripción y el reconocimiento de la cloaca –pequeña o grande– en la cual nos movemos. Sobre la cloaca montamos nuestras endebles, miserables convicciones”. Josep Pla escribió este extraordinario párrafo en 1918. Contaba entonces con unos escasísimos 21 años y, gracias al milagro de las analogías –esas similitudes circulares que a veces nos regala la Historia–, se encontraba, como nosotros un siglo y unos días después, preso de una cuarentena. Estudiante diletante de Derecho, ambicionaba hacer carrera en el mundo de las letras, sin saber exactamente por dónde y cómo empezar. Sufría una angustia íntima: no tenía resuelta la cuestión de “la independencia” (personal, se entiende). Se había visto obligado por causa mayor a abandonar Barcelona, donde cursaba leyes, para refugiarse una temporada en Palafrugell. “Como hay tanta gripe, han tenido que clausurar la Universidad”, escribía en su dietario el 8 de marzo de 1918. Era la súbita extensión de la devastadora epidemia española, tan mortífera como la Primera Guerra Mundial, que lo había convertido en “un estudiante ocioso”. En dos años esta pandemia pulmonar mató a cuarenta millones de personas en todo el mundo –una cifra similar a la actual población de España– y contagió a bastantes más, convirtiendo la neumonía en una desgracia corriente, común e hirsuta.

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Ilustraciones: Daniel Rosell