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The Objective

Elvis Presley, parodia y apocalipsis

carlosmarmol · 13 marzo, 2024 ·

La gran diferencia entre una abstracción y la realidad, como solía repetir Antonio Escohotado, es que la primera es la expresión de un ideal, la enunciación de una voluntad o el anhelo (violento) de un deseo íntimo, mientras que la segunda suele encerrar en su infinito pormenor un infalible desmentido. Más de 1.400 páginas pueden ser absolutamente insuficientes para resumir una existencia (terrestre) de apenas 42 años. Y, sin embargo, todo este caudal de datos y prosa son capaces de redibujar la imagen pública de un mito cultural mejor que las películas –efectistas e interesadas– o los enjuiciamientos morales impulsados por la inquisición woke. Sobre Elvis Presley (1935-1977) se han estrenado en los últimos años varias producciones audiovisuales. La primera, Elvis, dirigida por el cineasta Baz Luhrmann para la plataforma HBO, enfocaba la figura del rey del rock & roll a partir de la relación (tormentosa) con su manager, el Coronel Tom Parker; la segunda, dirigida por Sofía Coppola, es un retrato indirecto a través de su esposa, Priscilla Boaulieu, donde el músico norteamericano aparece como un machista celoso e insensible ante la soledad de una niña-novia de 14 años de edad encerrada en la prisión dorada de Graceland, la mansión de Presley en el caluroso Memphis.

Las Disidencias en The Objective.

En busca de las fuentes de la ética

carlosmarmol · 6 marzo, 2024 ·

Los conceptos verdaderamente trascendentes en la historia cultural de la Humanidad carecen de una definición unívoca. Podríamos decir incluso que su importancia deriva precisamente de esta ausencia. De la secular falta de acuerdo entre lo que son y aquello que significan. La poesía, la más alta de todas las artes para los antiguos, lleva junto a nosotros desde el comienzo de los tiempos, pero ni los grandes poetas ni todos los filósofos de la literatura han sido capaces de condensar su significado en una descripción compartida y pacífica. Lo mismo sucede con el tiempo, como resume la celebérrima cita de Agustín de Hipona: “¿Qué es el tiempo? Si nadie me lo pregunta, lo sé; pero si quiero explicarlo, lo desconozco”. Algo similar cabe decir de la ética y de su semilla, la moral, entre las que existen más o menos similitudes y diferencias según quién sea el autor que aborde la ardua tarea de distinguirlas. Fernando Savater, perito en la materia, diferencia la moral –los comportamientos que son considerados válidos dentro de una determinada tradición cultural, ya sea para un individuo o en el seno de una sociedad– del estudio de otras formas de comportamiento alternativas o disonantes con la propia experiencia.

Las Disidencias en The Objective.

G.K. Chesterton y el misticismo del hombre corriente

carlosmarmol · 28 febrero, 2024 ·

A la obra literaria de G.K.Chesterton, señor del arte de la paradoja y luminaria del catolicismo inteligente, puede asignársele la hermosa frase que Novalis escribió en su novela Enrique de Ofterdingen: “¿A dónde vamos? A casa, siempre a casa”. Al margen de su colosal ingenio, de su envidiable sentido del humor –epítome de la fina ironía british– y de sus altas dotes como polemista y espadachín de las ideas, cualidades más que demostradas en sus libros, sobre todo en los ensayos, que agavillan su infatigable labor como periodista (culto y de culto), en sus escritos siempre se saborea un sustrato nostálgico que tiene que ver con su naturaleza espiritual y con la certeza de que la Modernidad expresaba una aspiración que muy pronto se convirtió en estafa. La filiación con Novalis se extiende a otros ámbitos: desde la noción del tiempo –que no deja de ser la convención de unas pobres criaturas que, hayan nacido en el siglo en el que hayan nacido, siempre están sometidas a la certeza (que es a su vez una incógnita) de la muerte– a la idea de Europa como una obra cultural de la tradición cristiana.

Las Disidencias en The Objective.

Francisco Umbral, resucitado en carne y espíritu

carlosmarmol · 21 febrero, 2024 ·

El hombre es el estilo, proclamó el conde Buffon una mañana de agosto de 1753 ante el docto y selecto auditorio de la Académie Française, cuna y placenta del idioma en el que escribieron Montaigne, Gide y Proust. Buffon, por supuesto, no se llamaba Buffon (que era su título, no su nombre), sino de otra forma mucho más terrestre: Georg-Louis Leclerc. “La gloria”, sostuvo ese día ante los inmortales de las letras, “no es un bien si uno no es digno de ella”. Francisco Umbral (1932-2007), último héroe de la estirpe de los grandes escritores de periódicos, poeta camuflado bajo un océano de prosa esculpida en columnas, libros, crónicas, diarios, auténticas entrevistas inventadas o memorias (“algo hay que hacer, coño, algo hay que hacer”, escribía en su excelente Trilogía de Madrid), nunca llegó a la Academia de la Lengua, pero no le hizo falta la sanción académica, que sin duda ambicionó desde su eterna condición de niño grande de la inclusa (hijo de madre soltera, fruto de un adulterio secreto), para trazar una raya en el agua de la literatura entre finales del franquismo y los albores de la democracia. Umbral era algo así como un agente doble: por un lado, el escritor (muy profesional) que actuaba como tal con obstinación, movido por un resorte oculto; por otro, Pérez (su verdadero apellido) que era el esqueleto, por lo general demasiado sensible a los fríos, que lo cobijaba.

Las Disidencias en The Objective

Arthur Koestler, desertor de utopías

carlosmarmol · 14 febrero, 2024 ·

Existe un vínculo, que casi siempre se nos presenta bajo la forma del malentendido, entre la inteligencia y el suicidio. Tiende a creerse que un genio nunca se daría muerte a sí mismo y, sin embargo, no son pocos los escritores, los artistas y los pensadores que, llegado el instante decisivo, prefieren renunciar voluntariamente a la vida para ir en busca de una buena muerte. Le ocurrió a José María Arguedas, el escritor peruano de Los ríos profundos, apóstol del indigenismo. Fue el caso de Empédocles, del que se cuenta que se lanzó al cráter del Etna buscando regresar a la naturaleza. De un disparo se quitaron la vida –en siglos distintos– Larra y Hemingway. Virginia Woolf se ahogó en la turbia corriente de un río. Ángel Ganivet, tras ver cómo la sífilis paralizaba su cuerpo, se lanzó desde un barco al mar helado de Riga. La lista es interminable: Pavese, Sylvia Plath, Walter Benjamin, Horacio Quiroga o Violeta Parra –la hermana de don Nicanor, el gran antipoeta– abandonaron este mundo con este gesto que desafiaba a su destino y, a la vez, enmendaba la tradición (cristiana) que censura la muerte inducida, el único problema filosófico –al decir de Camus– que es realmente serio. De esta nutrida galería de brillantísimos suicidas, gente que no quiso esperar a morirse, como hubiera dicho Unamuno, sobresalen dos personajes: Stefan Zweig y Arthur Koestler.

Las Disidencias en The Objective.

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Ilustraciones: Daniel Rosell