Un periódico es, al mismo tiempo y sin contradicción alguna, una fábrica, un cuartel, una orden religiosa, un ring de boxeo, un hogar (para los que carecen de una casa decente), una escuela y una escalera hacia el cielo que, muchas veces, conduce directamente al infierno. También, hablando desde el más estricto presente, un animal mitológico: los venerables diarios en papel, que agonizan desde hace algo más de una década y media, parecen objetos del pretérito, muebles desvencijados, obstinados cadáveres que todavía se resisten a fenecer y ser sepultados sin duelo y para siempre. Los periódicos, igual que la vida, no han dejado de mutar desde el día en el que fueron inventados. Su encarnación contemporánea son las webs de noticias. Pero bajo todas estas transformaciones late una paradoja: lo que en un momento determinado era nuevo se ha convertido –con el paso del tiempo– en viejo y aquello que parece patrimonio y signo del pasado, debido al cambiante contexto social y al paradigma tecnológico, empieza a percibirse como una extraña novedad. Es la consecuencia inesperada de la acelerada pérdida (colectiva) de la memoria cultural. No existe nada que fascine más a un periodista –calamidades aparte– que la historia secreta de un diario.
Las Disidencias en The Objective.
