La obsesión por la grandeur produce monstruos. Igual que las frustraciones no resueltas. Sobre todo en el ámbito de la historia cultural de las ciudades, esos artefactos hechos con las capas que deja el tiempo sobre un lugar, la historia de quienes lo han habitado –y todavía lo habitan– y la condensación de anhelos y esperanzas que explica que individuos muy diferentes, incluso antagónicos, compartan un mismo espacio que, gracias a la acumulación, adquiere algunos de los atributos de lo sagrado. Cualquier urbe es, al mismo tiempo, un enclave prosaico y una suerte de templo religioso, ya sea desde el punto de vista sentimental o en el aspecto simbólico. La ciudad señala nuestro origen –todas las biografía constan de un nombre, dos fechas (el nacimiento y la muerte) y los dos lugares donde tienen lugar ambos sucesos– y albergan el instante nuestro ocaso. Del mismo modo que ocurre con los individuos, las ciudades nacen por unas determinadas circunstancias, evolucionan –no siempre a mejor– por otras distintas y desaparecen o se estancan, que es una forma pasiva de aceptar que nadie puede ganarle la batalla decisiva al tiempo.
Las Disidencias en Letra Global.

