Las drogas viajan más rápido que la luz. Los hechos consumados tienen un impacto más profundo, irremediable e inmediato que el imperio de la ley. Andalucía, además de otros graves problemas sociales, como el desempleo o la precariedad, se ha convertido en los últimos lustros en un espacio de frontera –cosa que geográficamente es desde hace siglos– donde las mafias de la droga, con sedes en Argelia y en Marruecos, y embajadas a lo largo del litoral de Almería, Málaga, Cádiz, Huelva y Sevilla, que no tiene costa pero es la autopista náutica de los clanes que introducen hachís y cocaína desde África y de los buques nodriza que, desde destinos hispanoamericanos, surten a las lanchas que operan en el Sur, han elegido para distribuir –más rápido y de forma más efectiva– su mercancía. El menudeo de hachís y otras sustancias blandas ha sido, en términos históricos, una constante en el Campo de Gibraltar y en otras zonas de la costa gaditana. Bajarse al moro –la romería de particulares que cruzaban en barco desde Algeciras y Tarifa al puerto de Tánger y después se trasladaban en taxis alquilados hacia Chefchaouen en busca de chocolate– era, hace tres décadas, casi un rito de iniciación (no precisamente religiosa) para generaciones que ahora se aproximan a la edad de la jubilación.
Los Cuadernos del Sur en La Vanguardia.
