Ahora que de casi todo hace ya más de veinte años, como acostumbraba a repetir (quedándose corto) el poeta Jaime Gil de Biedma, y que “nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos”, como reza el verso juvenil de Neruda (Pablo), el ejercicio de echar la vista atrás, hacia una época tan vulgar y prosaica como la presente, pero que el paso del tiempo –a través nuestra– ha convertido en leyenda y casi en un mito, no puede entenderse más que como un vano ejercicio de melancolía. Los calendarios no se repiten ni retroceden. Aunque el recuerdo ayuda a constatar cómo Andalucía ha dejado atrás su remota era irredenta y, sin librarse de muchos problemas endémicos, está a años luz de aquella región subdesarrollada en la que el nacimiento de la autonomía –sobre todo para la generación política que la protagonizó, antes de lucrarse de ella– supuso una refundación, el Nuevo Día al que Lole y Manuel cantaban en 1975, el año del fin (biológico) de la dictadura franquista. Un año después, hace medio siglo, se creaba en Antequera (Málaga), el ficticio centro geográfico del Sur de España, el Sindicato de Obreros del Campo (SOC), una organización de defensa de los jornaleros que encarnó el zeitgeist de aquella Andalucía agraria sumida en un infinito mar de olivos.
Los Cuadernos del Sur en La Vanguardia.
