La verdadera soberanía de una nación no reside en su historia. Tampoco se expresa a través de los colores de su bandera. Ni siquiera tiene que ver con el himno y el uso de una lengua (común o propia). Ninguno de todos estos atributos, incluido el sustrato cultural de los viejos linajes familiares o el legado de los primitivos dioses lares, dicen demasiado de un país. Todos son símbolos que hablan del pretérito, ya sea factual o inventado. El peso de una nación en el tiempo presente se condensa en el valor de su moneda y en su soberanía financiera. Y esta realidad material explica también el trasfondo de la polémica reforma de la financiación autonómica en España, cuya autora es María Jesús Montero, hasta hace unos días “la mujer más poderosa de la democracia” –según su autoficción– y, en adelante, candidata (a palos) en las inminentes elecciones en la gran autonomía del Sur.
Las Tribunas en El Mundo.
