La simplicidad es la madre del misterio. En diciembre 1844, Edgar Allan Poe publicó en The Gift, un anuario de narraciones para lectores burgueses e ilustres concebido para regalar en Navidad, uno de los relatos más memorables de la saga de tres historias cortas que protagoniza su célebre detective Auguste Dupin. Un presente elegante y con trasfondo ingenioso. En La carta robada, que así se llama el cuento policiaco, Dupin encuentra sin mucho esfuerzo la prueba de un delito de robo después de que la policía de París fracase en su pesquisa para encontrar una misiva comprometedora sustraída por un ministro. El misterio –y también la solución al enigma– se resuelve gracias a una hipótesis basada en la suplantación. Dupin intenta ponerse en el lugar del ladrón y concluye que, en vez de esconderla en algún agujero recóndito, detrás de un cuadro o dentro de un libro, la mejor manera de ocultarla es dejarla a la vista. En un lugar tan evidente y banal como un tarjetero que, aunque esté delante de los ojos, se vuelva invisible no porque realmente lo sea, sino porque lo será para quien piense que esconder una cosa exige guardarla con llave en un sitio remoto.
Los Cuadernos del Sur en La Vanguardia.
