Para describir el grado de sofisticación, y también la idea de hipocresía, de cualquier sociedad no existe nada mejor que observar a sus élites. En la Antigua Roma ocupar un puesto en el Senado exigía ser patricio o un plebeyo rico, tener rectitud moral y fortuna personal, poseer propiedades agrarias y urbanas, haber ejercido una magistratura pública, no dedicarse ni al comercio ni a la usura –actividades ambas prohibidas por ley– y no haber sido condenado por delitos graves, como dejar de pagar las deudas. A cambio, los romanos de tan insigne sanedrín podían vestir de púrpura para evidenciar su status, calzar sandalias rojas y lucir un anillo de oro. Los senadores –clarissimus– tenían espacios de honor reservados en el teatro y en el circo, no pagaban tributos municipales, ejercían en régimen de monopolio los cargos políticos más lucrativos y gozaban de un fuero particular. Un senador únicamente podía ser juzgado por otros senadores.
Los Cuadernos del Sur en La Vanguardia.
