“Decir la verdad es igual que escribir bien: se aprende a base de ejercicio”. La frase de John Ruskin, reformador y escritor británico, viene como anillo al dedo para condensar en unas pocas palabras el legado –en cierto sentido devastador– que las últimas elecciones andaluzas han dejado en el seno de la derecha meridional. Un triunfo indiscutible e insuficiente que, a efectos prácticos, se percibe como una calamidad debido a la falta de práctica. Con la cámara regional ya constituida y los diputados electos en ejercicio, la nueva legislatura en Andalucía comienza con un gobierno (en funciones) y el mal sabor de boca de tener que afrontar la realidad: los electores han dejado a Moreno Bonilla a dos votos, dos, de una autonomía parlamentaria que, a medida que transcurra el tiempo, no tardará en volverse quimérica.
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