Los individuos ilustrados, incluso en estos tiempos marcados por el diktat del paradigma tecnológico, que amenaza con diluir la colosal tradición y el honorable legado de la cultura escrita, veneran su biblioteca. En ella encuentran conocimiento y placer, pero también un refugio –insustituible– ante las desgracias de la vida y las calamidades de la realidad. Uno puede estar solo y carecer de dinero, pero mientras tenga a su alcance los pocos pero doctos libros de los que hablaba Quevedo en su retiro de la Torre de San Juan Abad no todo está perdido. “Si no siempre entendidos, siempre abiertos, / o enmiendan, o fecundan mis asuntos; / y en músicos silencios contrapuntos, / al sueño de la vida hablan despiertos”. Los libros no pueden salvarnos de nosotros mismos, pero siempre nos dan la oportunidad de mejorar. Lo mismo puede decirse de las mejores pinacotecas, aunque la posesión y el disfrute de los cuadros de los grandes artistas requiera poseer una inmensa fortuna al alcance de pocos o compensar esta carencia visitando de forma recurrente los museos públicos y privados que nos dan la oportunidad de admirar a los maestros del arte de la pintura.
Las Disidencias en Letra Global.
