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Literatura

Anna Caballé y sus señales de vida

carlosmarmol · 11 septiembre, 2021 · Deja un comentario

“Los cementerios” –decía Napoleón con un envidiable humor negro– “están llenos de gente imprescindible”. También lo están las bibliotecas. ¿Cuál es la diferencia entre ambos mundos? Diríamos que consiste en la distinta naturaleza del intermezzo: esa pieza musical menor, casi de circunstancia, que se programa como paréntesis entre dos obras mayores. Que la vida es un entremés emparedado entre una comedia y una tragedia lo averiguamos al alcanzar esa edad terrible en la que sabemos cuál es la última vuelta del camino. Lo presentido se convierte entonces, si la diosa Fortuna acompaña, en una expectativa vagamente tardía, pero en absoluto abstracta. El sendero se termina. Nada es más concreto que un punto y final. En los camposantos, bajo cruces, cobijamos los despojos de los que eran iguales a nosotros. En cambio, en los libros resiste lo mejor de aquellos que se fueron: pensamientos, vivencias y sentimientos tan individuales como compartidos. Páginas tan vivas como sus días, huidos para siempre. Por eso extraña que durante siglos, casi hasta el presente, haya existido una evidente disociación entre lo que se considera alta literatura y el caudal fecundo de estas narraciones testimoniales, memorialísticas y biográficas que se enmarcan dentro de lo que los teóricos del arte literario denominan el cuarto género (por oposición a la tríada clásica).

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Baroja, máscara de animal melancólico

carlosmarmol · 4 septiembre, 2021 · Deja un comentario

No existe fórmula mejor para ocultar un secreto que dejarlo a la vista, confundido con el color del paisaje o disimulado entre el paisanaje de un país y un tiempo concretos. Todo el mundo podrá mirarlo de frente, pero sólo algunos elegidos serán capaces de reconocerlo. Cumplido el calendario, que a todos nos alcanza antes o después, nadie reparará ya en la presencia del misterio, fusionado para siempre con la indudable realidad. La música incluye los silencios. La narración, la elipsis. Y las autobiografías, ese género de ficción que se nos presenta bajo la estricta convención de lo cierto, juegan –en algunos casos con gran dominio artístico– con la hábil dosificación de las apariencias, los señuelos y los sobreentendidos. Uno de sus maestros es Baroja. Para deleite de la cofradía de los barojianos, y asombro de los que todavía no lo son, dejó unas prodigiosas memorias –Desde la última vuelta del camino– donde en siete libros (dispuestos a la manera de los clásicos) ensarta vivencias, impresiones, decepciones, recuerdos y anhelos que lo retratan como uno más –acaso el más perfecto– de sus grandes personajes de ficción: el fauno reumático, escéptico, misántropo y arbitrario (en sus juicios y afirmaciones) que, sin embargo, provoca una simpatía inmediata. Ejerce una fascinación que, al contrario de lo que el propio novelista enunciaba al tener que valorar el porvenir de su inmensa obra, lo mantiene no sólo vivo casi siete décadas después de su muerte, sino vigente, como si fuera un escritor contemporáneo.

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Piglia, laboratorio de artes y cuentos

carlosmarmol · 29 agosto, 2021 · Deja un comentario

Francisco Rico, uno de nuestros últimos sabios impertinentes, maestro de filólogos y fumador perpetuo, aconsejaba a sus alumnos, por lo general meritorios resistentes, que antes de enfrentarse cara a cara con un clásico, esos libros que la academia ha convertido en pilares del templo del Parnaso, tuvieran la prevención y la humildad intelectual de sumergirse antes en los estudios y la literatura crítica que hubieran podido provocar. Sabia sugerencia. A un duelo un caballero acude predispuesto a morir o matar, aunque para consumar ambas cosas no tiene necesariamente que renunciar ni a las armas ni a las estrictas normas de la cortesía. Al hacer tal recomendación, sin duda, Rico defendía el valor de su oficio y el noble arte de leer, valorar y editar literatura. Pero, de igual manera, como el materialista del tiempo que es, señalaba un método para ahorrarnos muchas horas, reelecturas y esfuerzos estériles. Leer a ciegas puede ser un placer hedonista, pero para descifrar la relojería de la literatura y desentrañar sus mecanismos, muchas veces dejados por los autores a la vista, que es la mejor manera de ocultar cualquier cosa, es obligatorio aprender a mirar y saber distinguir entre lo trascendental y las meras apariencias. Y eso, salvo excepciones, no se hace solo. Es labor de toda la tribu.

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Ruano, el asombro y el espanto

carlosmarmol · 22 agosto, 2021 · Deja un comentario

Uno de los síntomas más alarmantes de cómo ha cambiado el valor social de la literatura, un arte milenario y consustancial a la condición humana, es su transformación en hagiografía; acaso el más ridículo de todos los géneros porque persigue un rarísimo unicornio: esa forma de bondad natural que, salvo contadísimas excepciones, por desgracia nunca responde al diagnóstico de la inmisericorde realidad. Los santos, como sabemos, no existen. Y si de verdad existieran, en contra de lo que afirma el santoral, serían escasos y excepcionales. Algo así como los happy few de Enrique V, el drama regio de Shakespeare. Una banda de hermanos ejemplares. No es fácil pertenecer a semejante club. Mucho menos en el mundo de las letras, que desde siempre, igual que otros ámbitos, se ha convertido en un charco donde el agua es más bien escasa y emergen, con sus colmillos infalibles, los cocodrilos. La cuestión no es nueva. La historia de la literatura es una cosa; la literatura, en el fondo, otra distinta. La primera tiene la forma de un relato –cambiante– construido a posteriori. La segunda es el misterio (verbal) que nos hace sentir cierta simpatía, en su sentido etimológico, por personajes que desde el punto de vista ético no reúnen las cualidades de las vidas piadosas.

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La España de Julián Marías

carlosmarmol · 14 agosto, 2021 · Deja un comentario

En 1976, un año después de la muerte de Franco, Julián Marías (1914-2005) alumbraba en Espasa-Calpe una colección de “libros de pensamiento” bautizada con el nombre de Boreal. Era un proyecto editorial que rendía un homenaje (a la inversa) a la celebérrima colección Austral del sello editorial. “Boreal” –escribía el filósofo– “nace con la esperanza de abrir una época en que la libertad, la veracidad y la claridad sean posibles, y acaso lleguen a ser las condiciones normales de la vida intelectual”. La aspiración de Marías suponía una anomalía. España todavía estaba gobernada por los herederos de la dictadura y se debatía –en silencio o con estruendo, dependiendo de dónde se mirase– entre el continuismo totalitario, instaurado tras la Guerra Civil, y la incertidumbre de lo que se conocía como la ruptura. Muchos españoles deseaban que todo siguiera igual –la etapa crepuscular del franquismo coincidió con el espejismo de una humilde prosperidad material, sin libertades, en un país que antes de la contienda era mayormente pobre, agrario y analfabeto– y otros soñaban con un viraje en relación a un pasado inmediato que, en el fondo, desde el principio siempre simbolizó el pretérito. Al final, triunfó una vía intermedia: una reforma, cocinada en los despachos del poder con la colaboración con la oposición, incluidos los nacionalistas vascos y catalanes, que rodeó a los extremismos –entonces nada irreales–, salvó la amenaza militar (a pesar del 23-F) y encarriló un sistema político que, al amparo de la concordia, decidió mirar hacia adelante, en vez de ajustar cuentas con el pasado reciente.

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Ilustraciones: Daniel Rosell