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Literatura

Las muertes de Edgard Allan Poe

carlosmarmol · 7 abril, 2019 · Deja un comentario

Edgard Allan Poe (1809-1849) tuvo lo que los argentinos llamarían una muerte bizarra. Sobre el suceso, acontecido en la portuaria ciudad de Baltimore, muy lejos de su Boston natal y de Richmond, el amplio territorio sureño de su crianza adoptiva, a años luz de distancia mental de Filadelfia, la urbe norteamericana que se disputa con Nueva York los restos virtuales de su efímero decurso en la tierra, circulan un sinfín de teorías. En general contradictorias o indemostrables. Unas hablan de un suicidio fallido que derivó en una intoxicación etílica cósmica de consecuencias fatales; otras señalan la posibilidad (sugerente) de un asesinato dramático cometido por la envidia de alguno de los colegas de su gremio –el periodístico–; las tesis más decadentes sostienen que su prematuro deceso fue como un cuento de muñecas: el poeta norteamericano, circunstancialmente de paso por Baltimore en una gira para recaudar fondos con los que publicar su propio periódico —The Stylus–, habría sido emborrachado y vestido con ropas ajenas para ser usado como falso votante en unas elecciones locales y, tras cumplir la infame labor de sufragista-marioneta, fue abandonado en un callejón a su suerte. Incluso existe una teoría que lo sitúa, enfermo de rabia, en una taberna con la peor ralea de la húmeda civitas portuaria, fumando pipas colmadas de opio y heroína.

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La ley de la gravedad

carlosmarmol · 31 marzo, 2019 · Deja un comentario

El buenismo es la religión (laica) de nuestros días. Y la dictadura de lo políticamente correcto la enfermedad (creciente) de los imbéciles. La noticia es de esta misma semana: la empresa portuguesa Porto Editora, que se dedica a elaborar material didáctico, ha censurado algunos versos de la Oda Triunfalescrita por Fernando Pessoa, probablemente el mayor de los poetas lusos tras Camões, al amparo del disfraz de uno de sus famosos heterónimos; en este caso Álvaro Campos, una de sus múltiples personalidades líricas. El argumento de la empresa para adoptar esta decisión –según las agencias de noticias– es la «preocupación didáctico-pedagógica» que, a su juicio, presentaba el hecho de que el autor del Libro del Desasosiego mencionara en algunos versos términos como «putas» y «masturbación». La obra estaba destinada a alumnos con más de 17 años. Hasta aquí, los hechos ciertos.

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Galdós, la llama que quema

carlosmarmol · 23 marzo, 2019 · Deja un comentario

Fue un “bachiller aplicadito”, según sus propias confesiones crepusculares, publicadas por la revista La Esfera bajo el irónico título de Memorias de un desmemoriado, que dictó, siendo ya completamente ciego y, por supuesto, absolutamente pobre, como corresponde a cualquier intelectual español. En ellas no cuenta ningún detalle personal, haciendo honor a la sabia costumbre de situar entre su intimidad y la atención de los demás una muralla, a ser posible china. “Las confianzas con el público me revientan. No me puedo convencer de que le importe a nadie que yo prefiera la sopa de arroz a la de fideos…”, le escribió en su día a Leopoldo Alas, el Clarín de nuestras letras. Benito María de los Dolores, cuyo nombre completo parece una fábula mágica, tan divertida como su extraña condición de isleño mareante –que es lo contrario a un perfecto marino, alguien que se marea nada más dejar de pisar tierra firme–, sentía una mística devoción por las señoritas y por el trasiego de las calles. Se cuenta que su familia, aprovechando los posibles de la rama de ultramar de la estirpe, lo mandó a Madrid a estudiar Derecho para alejarlo de Sisita, su hermosa prima cubana, cuyo verdadero nombre era María Josefa Washington de Galdós, que fue entregada en un repugnante matrimonio de conveniencia a un insigne prohombre en Trinidad, la perla colonial de la mayor de las Antillas.

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Salinger, un lugar en el bosque

carlosmarmol · 16 marzo, 2019 · Deja un comentario

Cien años después de su nacimiento en un lejano día de 1919, todavía hay quien se pregunta por los motivos que hicieron que Jerome David Salinger, Jerry para los inexistentes amigos, se convirtiera en un ermitaño, un escritor mítico cuya principal singularidad consistía no en lo que publicaba, sino en lo que dejaba voluntariamente de publicar. El misterio Salinger tiene una respuesta tan obvia que ha permanecido ante nuestros ojos desde el principio: el dolor de los otros. También podríamos llamarle miedo al rechazo o experiencia de la incomprensión ajena. En su caso no se trató de una mera hipótesis, sino de un hecho cierto, aunque la leyenda lo haya disfrazado con los ropajes del hermetismo y la egolatría, esa pasión de juventud. Incluso hay quien lo justifica por sus supuestas creencias védicas. Salinger, creador de criaturas como Holden Caulfield y la familia Glass –seres que contemplan la vida adulta desde el asombro y el rechazo–, proyectó en su escasa pero extraordinaria obra literaria sus padecimientos, reformulándolos gracias a través de la ficción. Su temprano éxito –El guardián entre el centeno, su única novela conocida, se publicó en 1951, convirtiéndose desde entonces en un libro seminal para varias generaciones de lectores– no fue en realidad tal. O quizás lo fue únicamente en términos editoriales.

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El Dios Montanelli

carlosmarmol · 9 marzo, 2019 · Deja un comentario

Los periodistas, a excepción de los gacetilleros costumbristas, que por fortuna cada vez son menos, somos tipos escasamente sentimentales, mayormente fríos y como de vuelta de todo, sobre todo si uno lleva algunas décadas largas en este oficio y ha oído ideas geniales que a los cinco minutos quedan en nada. Uno de los escasos objetos por los que casi todos profesamos devoción –una excepción en nuestra particular galería de escepticismos– son las viejas máquinas de escribir. Por lo general, ya no las utilizamos, pero nos gusta mucho mirarlas y soñar con un pasado que no hemos vivido. Las underwood norteamericanas son verdaderos objetos de museo, piezas perfectas y preciosas. Pero las primeras que disfrutamos con nuestras propias manos son las Olivetti italianas que destacaban por su diseño moderno y esencial. Con una de ellas –la Lettera 22, color coral– escribió toda la vida Indro Montanelli, periodista de cuyo nacimiento se cumplirá el próximo abril 110 años. Montanelli se hizo célebre por dos cosas: la impertinencia y la ironía. Frente al modelo aséptico de la prensa británica, extendido algo más tarde en Estados Unidos, en la Italia de su tiempo se practicaba la crónica satírica, polemista, ad hominen, que era algo así como una suerte de toreo con pluma: había que acercarse al animal, no bastaba con verlo a distancia y a cubierto.

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Ilustraciones: Daniel Rosell