Las autonomías políticas exudan épica. Casi siempre, de color sepia. El mayor pecado social imaginable allí donde germinan consiste en cuestionar la naturaleza de epopeya con la que sus hacedores –los padres de la patria, sea ésta grande o minúscula– acostumbran a presentarlas, codificando (en su beneficio) un relato lineal que rara vez se corresponde con los hechos históricos. La verdad tiene la forma de un río lleno de meandros. Lo excepcional es que discurra en línea recta y en dirección ascendente. Andalucía celebra este viernes el 28F, la fecha (mitológica) en la que se votó el referéndum de autonomía que, según el relato oficial, trajo el autogobierno a la gran región de la España meridional, secularmente castigada por el subdesarrollo. Han transcurrido cuarenta años y la narración de la supuesta gesta ha perdido todos sus matices para convertirse –en el imaginario popular e institucional– en un bloque de mármol. Sin fisuras. Sin grietas. Sin dudas. Configurando un monumento rotundo.
Política
La nueva batalla del Sur
Las autonomías, en contra de lo que puede parecer, son -como decía Borges de la ciencia- un género de la literatura fantástica: aquel que confunde lo onírico con lo real y no distingue entre los sueños y la vigilia. Es patrimonio de las ensoñaciones, pese a su falta de adecuación a la realidad, condicionar nuestras vidas. Desde la instauración de la democracia en España, la discusión sobre el problema territorial es el factor que condiciona toda la vida política, orillando al resto de asuntos. Se trata de una discusión tan artificial como relevante. Las cosas nunca son como son. Son como nos parecen, decía el dramaturgo italiano Luigi Pirandello. La causa de este fenómeno, en el que la discusión, lejos de plantearse en términos objetivos -la eficacia de un determinado modelo de descentralización-, acostumbra a abordarse desde la perspectiva sentimental, con exageraciones que se extienden a la identidad colectiva y a la pertenencia cultural, se debe, básicamente, a los intereses de las élites políticas de Cataluña y Euskadi, que mediante proyectos identitarios excluyentes -antes nacionalistas; ahora independentistas- cuestionan una y otra vez un orden que, aunque la Constitución no cerró por completo, tras cuatro décadas de autogobierno debería ser un asunto más que amortizado.
Las Crónicas Indígenas en El Mundo.
El oro del populismo
En Sibila, capital de la Marisma, dar pregones y conceder medallas es una tradición popular que simboliza -como pocas- dos grandes mentiras. Una: quien predica sus creencias a gritos acostumbra a ser un trueno (vestido de nazareno). Dos: aquellos que conceden galardones buscan, antes que reconocer los méritos ajenos, celebrar los propios. Ambas certezas permiten entender la forma en la que el gobierno del escabeche maximus ha diseñado los actos del 28-F, marcados por un color en sepia que tira de espaldas. En ellos todo huele a pretérito, a habitación cerrada: la pizarrita con los porcentajes a tiza del referéndum (que perdimos), la estampas entre olivos del Reverendísimo Bonilla y el Adelantado Marínpor el recreo de Blas Infante en Coria, igual que un matrimonio LGTB hacia el altar sagrado de la patria, o el oro populista de los metales del reconocimiento, repartidos para que la Gran Conversión parezca ecuménica. La Iglesia del Cambio (sin cambio) nos ama a todos: ricos y pobres, buenos y malos, abreviadores y rentistas. Todo es concordia junto a Il Redentore. Éste es el tono.
Las Crónicas Indígenas en El Mundo.
La bilateralidad, ‘trendic topic’
En política, los espacios vacíos se ocupan. El poder es como el gas y el agua: una grieta no es un obstáculo. Es un camino. Que lalegislatura de las virtudes, fruto del inmenso error que fue la repetición electoral del pasado noviembre, iba a ser el paraíso de la asimetría territorial ya lo sabíamos de sobra. Nada extraño. El Gobierno de Sánchez I, el Insomne depende de lo que quieran hacer con él los independentistas catalanes y vascos. Que este augurio se haya acelerado en apenas unos meses sí supone una novedad: el Estado español no se caracteriza por su eficacia, salvo cuando se trata de autodestruirse. En esto no tenemos rival. A expensas de lo que depare la mesa de concesiones entre la Moncloa y Sant Jaume, el saldo de los primeros compases del nuevo tiempopolítico no puede ser más satisfactorio para los nacionalistas, que han dislocado la brújula de España en dirección a un ignoto non plus ultra. En este corto periodo de tiempo los presos independentistas salen de prisión con coartadas enternecedoras, Rufián se pasea por la Moncloa como un estadista, el hombre que no cogía el teléfono a Torra lo ha recibido, junto a sus trabucos (y pese a su inhabilitación), y el PNV, en vísperas de las elecciones en Euskadi, ha conseguido que los últimos rastros del Estado en el País Vasco se evaporen, logrando –entre otras cosas– la gestión en régimen de monopolio de la Seguridad Social, incluyendo (por supuesto) el dinero extraordinario que todos vamos a poner para las pensiones euskaldunes, que serán sólo suyas pero costeará el sistema vigente. Es la insolidaridad llevada a la condición de arte: “Os odiamos, sí, pero vuestro dinero nos beneficia. A fin de cuentas, ya lo dice el clásico: lo mío es mío y lo tuyo también es nuestro”.
Los Aguafuertes en Crónica Global.
Las fiestas patrióticas
Ustedes perdonen, queridos indígenas, sobre todo si tienen ya la banderita planchada, igual que los cofrades velan las túnicas en las vísperas del gozo, pero a nosotros los eventos patrióticos como este 28F que se aproxima –Andalusians day its just coming– nos resultan mayormente neutros. Tibios. Irrelevantes. Ni frío ni calor, vamos. Sí, somos raritos; ni sentimos orgullo alguno por haber nacido donde decidió la Santa Providencia, que es una señora cuyas razones son caprichosas y carecen de cualquier lógica, ni hemos entendido nunca la razón merced al cual algunos creen que hay que celebrar como si fuera un mérito comunal -y por tanto compartido- aquello que procede únicamente del talento individual. Del día de la Marisma vamos a salir exactamente como entraremos: con absoluta indiferencia.
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