El otoño es la estación del año que se asocia al crepúsculo. Metafóricamente, según la cultura occidental, encarna ese inevitable periodo de decadencia con el que terminan todas las existencias, incluidas las de los grandes hombres públicos y también la de los privados, que, al menos en España, históricamente vienen a ser casi lo mismo, pues la distinción entre el espacio íntimo y el político nunca ha sido una virtud ibérica. Este otoño, que oficialmente comenzó en los postreros días de septiembre, está previsto que la Audiencia de Sevilla dicte por fin la sentencia de la pieza política de los ERE, que ha sentado en el banquillo a dos expresidentes de Andalucía –Chaves y Griñán– y a buena parte de la aristocracia del socialismo meridional, seis exconsejeros y trece altos cargos. La generación que gobernó Andalucía durante decenios y que tuvo en sus manos todo el poder posible en una autonomía de sesgo presidencialista que funcionaba como una corte absolutista del Antiguo Régimen.
‘Cernudiana’ con estrambote
Cualquier espectador medianamente culto que contemple la política indígena, cosa que tiene un indudable mérito, se topará con el famoso verso noveno del canto tercero de la Divina Comedia, donde Dante advierte a las almas en pena que se aproximan a las puertas del infierno que, a partir de ese instante, deben abandonar toda esperanza («Lasciate ogni speranza, voi ch’intrate«). No hay enunciado mejor para expresar el presente estado de cosas en la Marisma, donde los de ahora son como los de antes y los pretéritos se dedican, igual que hacían los nuevos purpurados, a jugar a la mosqueta en la oposición. No sé si se han fijado, pero llevamos meses sin ver ni en los consejos de gobierno (la misa solemnis de los martes) ni en los plenos de las Cinco Llagas (esa eucaristía con coro) rastro alguno de aquella hermosa idea de reformar la autonomía. ¿Se acuerdan? Nuestros gobernantes, no.
Las Crónicas Indígenas en El Mundo.
Su relato, nuestras elecciones
“Lo que me atrae narrativamente de esto [la traición] es la nueva luz que tira el momento. Vos estás viendo las cosas del color tal, y de pronto cambian y se convierten en otra cosa. La traición produce ese momento que es como un flash sobre quiénes son los buenos y quiénes son aquellos en quienes se podía confiar”. Ricardo Piglia, probablemente uno de los escritores en español que más y mejor ha reflexionado sobre el arte de narrar, explicaba así ese instante –súbito– en el que una historia da la vuelta sobre sí misma y se convierte en su antítesis. Algo similar puede suceder este noviembre cuando, por cuarta vez en cuatro años, vayamos de nuevo a votar a los mismos partidos –y a los mismos candidatos– que han sido incapaces de alcanzar un acuerdo para representar –que no gobernar– España.
Los Aguafuertes en Crónica Global.
Góngora: rey de la luz, príncipe de las tinieblas
El amor de Luis de Góngora y Argote, poeta sublime del Siglo de Oro español, por la sintaxis invertida –esa creación que los retóricos llaman hipérbaton– comienza por su propio nombre. Sus apellidos naturales son los mismos con los que firmaba sus escritos, pero cambiados de orden. Su padre era Argote, administrador autorizado de los bienes que la Santa Inquisición arrebataba –por mandato divino– a los heréticos que se apartaban del dogma sancionado y recibían un grave castigo material para un mal espiritual. Su madre fue la verdadera Góngora, de cuya estirpe el poeta tomó el apellido con el que ha pasado a la historia y cuyos posibles –la renta, a modo de tributo eclesiástico, que percibía para su sostenimiento personal– procedían de su tío materno, racionero de la catedral de Córdoba, ciudad donde pisó por vez primera la dudosa luz del día, como dice el gran verso de su Polifemo
Las Disidencias en #LetraGlobal.
El reformismo invisible de Cs
“Quod natura non dat, Salmantica non præstat”. Este proverbio latino está escrito (en piedra labrada) en la fachada de las escuelas menores de la universidad castellana, como un desafío del sentido común ante el espejismo –tan frecuente– que suele confundir los galardones y la púrpura (en este caso académica) con la verdadera sabiduría. No hay credencial que garantice la inteligencia, ni tampoco alta magistratura capaz de obrar el milagro del carisma natural. Especialmente en la política indígena, donde se le llama líder a un jefecillo de escuadra o se considera estadista a un presbítero de aldea. El carácter no se hereda ni depende de una votación parlamentaria. Se tiene o no se tiene. Es una ley infalible.
Las Crónicas Indígenas en El Mundo.

