En Sevilla, ab urbe condita, existía un cronista oficial. Generalmente era un escribano (oficio que nada tenía que ver con lo artístico) que, a la manera de las célebres cartas de relación histórica, levantaba acta de las reuniones de los capitulares de cualquiera de los cabildos, anunciaba los nacimientos de los hijos de linaje, certificaba los dolosos decesos de los ilustres y embellecía (preferentemente en verso) el pasado milenario de la capital de la República Indígena, vinculándola a los insignes sitios de la Antigüedad o relatando historias y leyendas de comprobación imposible. Que nos alcance la memoria, este cargo perduró hasta los tiempos de Joaquín Guichot y Santiago Montoto, hasta bien entrado el siglo pasado, cuando tal título -que aún conservan ciudades americanas como La Habana- desapareció. Desde entonces Sevilla sólo ha tenido cronistas particulares, tipos que con más buena intención que capacidad se han ocupado de contar la historia (real o figurada) de nuestro páramo favorito.
Elogio y defensa de la Retórica
La retórica en España tiene mala prensa. El diccionario de la Real Academia incluye, tras su definición formal –“Conjunto de reglas que se refieren al arte de hablar y escribir de forma elegante y con corrección con el fin de deleitar, conmover o persuadir”–, dos acepciones más, ambas coloquiales, cuyo sentido es despectivo: “Empleo rebuscado y artificioso del lenguaje”; “Argumento engañoso o razón fuera de lugar”. No sabemos si estos dos últimos usos del término son la causa de su ausencia de los planes de estudios, pero es indudable que transmiten muy bien la escasa valoración social de un arte –el de la palabra– que heredamos de la cultura clásica, fue durante siglos el eje de la sabiduría medieval y formó parte del capital intelectual del humanismo y del sistema de educación occidental hasta la Ilustración.
Las Disidencias del martes en #LetraGlobal
¿Qué ha hecho Cs en Andalucía?
Andalucía se ha convertido en el campo de pruebas de la política nacional. Un laboratorio que sirve a las élites para confirmar sobre el terreno los sondeos electorales y analizar tendencias. Y una condena recurrente para sus ciudadanos, que son convocados por intereses partidarios a unas urnas que no van a arreglar ni uno de los problemas estructurales de la región, empezando por el paro, siguiendo por la precarización y continuando por la dependencia y la pobreza. Tres años después, la historia se repite. Si en 2015 el Sur fue el primer territorio donde se libró el pulso entre el bipartidismo decadente –PSOE-PP– y las entonces fuerzas emergentes (Podemos y Cs), que parecían llegar para abrir una nueva etapa en la democracia española, probablemente dentro de unos meses de Andalucía salga también la foto del nuevo mapa político, condicionado por la ausencia de mayorías y la fragmentación parlamentaria.
Los Aguafuertes del lunes en Crónica Global.
La jaula de oro
La ley de la gravedad no admite excepciones: todo lo que sube, baja. Y para volver a ascender de nuevo debe renovarse el aire o pasar el tiempo. Sucede en la vida real y también en la política indígena, que es un universo paralelo lleno de pesebristas, asesores y heraldos a los que los problemas de los ciudadanos -esa gente que vota- no les preocupa un ardite, salvo para consolidar su ascendente sobre el presupuesto, que es la verdadera arca de la autonomía y la clave de todo el absolutismo susánida. Con la incógnita de la fecha del adelanto electoral todavía enturbiando el cielo azul de la Marisma, Su Peronísima repite -una semana más- sus grandes éxitos -«yo estoy currando», «me voy a dejar la piel»- mientras recorre las geografías de las sucesivas Andalucías vendiendo un bienestar virtual que no vemos por ningún lado.
Las Crónicas Indígenas en El Mundo.
Tercer año triunfal (sin Plan Centro)
Roberto Arlt, nuestro maestro en el arte de la columna, decía que a veces no queda más remedio que escribir con «desechos de pena» ante un mundo que se derrumba a nuestro alrededor. El problema de Sevilla, que es el tema de las norias digitales de cada miércoles (de ceniza), no es que la ciudad se derrumbe. No. Es que no se levanta. Ni a tiros. Pensábamos el otro día todo esto -viniéndonos arriba- al reparar en que nuestro ilustre gobierno municipal, con su alcalde, el quietista, a la cabeza, ha rebasado ya con creces su tercer año triunfal (con brillantina) y seguimos esperando -sabemos perfectamente que en vano- algún tipo de política de sostenibilidad urbana, que es la burra con la que llegó al Ayuntamiento.

