“Para vivir fuera de la ley debes ser honesto”. La frase, utilizada por Dylan en una de sus mejores canciones (Absolutely Sweet Marie), se ajusta como un guante a la historia que, por otra parte, da pie a algunas preguntas melancólicas: ¿Qué diablos hemos hecho con este oficio? El último libro publicado por el norteamericano Gay Talese (Ocean City, New Jersey, 1932), Honrarás a tu padre (Alfaguara), es un relato periodístico primario. Esto es: cuenta una historia. Nada más. Nada menos. Una actividad tan compleja que ha dejado de hacerse (en la mayoría de los casos) en los periódicos, que es donde aprendió a hacer su trabajo este escritor exacto, capaz de sumergirse en un asunto durante siete años para poder comprenderlo por entero antes de hacer lo que todos los cronistas hacen: contárselo a los demás. Rara avis. Verdadera especie en vías de extinción en una época en la que el periodismo, siempre en crisis, parece haberse reducido a un tweet o a la confidencia obscena de una portera.
La integración de los sectarios
Un fanático, según Voltaire, es alguien que cree que su ideología es una religión infalible. La definición casa con los principios generales del susanato, cuyos actores esenciales -incluida la Reina (de la Marisma)- confían en escapar del dictamen de las mayorías igual que los católicos aspiran a vencer a la muerte: sólo con la voluntad. Tras el Congreso Federal, que ha entronizado a Sánchez, el militante de la mochila, los susánidas siguen con graves problemas para digerir los cantos rodados de la realidad, ese látigo violento. Lo hacen entre lágrimas (de cocodrilo) y con el desagrado propio de una derrota entre hermanos, las más amargas que existen. Basta leer la Biblia para saberlo: no hay enemigo más hostil que tu semejante.
Las Crónicas Indígenas del sábado en El Mundo.
Un alcalde de secano
Dos años después, tras esfumarse el sueño de optar a una imposible sucesión en el Quirinale de San Telmo, que era la deseada carta secreta, Juan Espadas, el actual, ha descubierto que los votos que le hicieron alcalde sin tener que pagar demasiados costes no eran gratis. Ha tardado en comprenderlo: nada es gratis en esta vida. Especialmente en política. Los costumbristas, que se tiraron años ridiculizándolo cuando arribó a la política local de la mano de José Antonio Viera -su conversión susánida fue bastante posterior-, lo defienden estos días de estío intenso por no aceptar las críticas de lo que todos ellos llaman -con el tono pastoral de las ovejas- «la izquierda radical». El concepto, que también ha hecho suyo el alcalde, tiene su gracia: hace dos años los votos de Participa e IU, claves en su designación como primus inter pares, eran progresistas; ahora son abominables sufragios radicales. ¿En qué quedamos?
La Noria del miércoles en elmundo.es
Jaque mate a la Reina
La rebelión de las bases socialistas ha sido un éxito. La rotunda victoria del militante Sánchez –un candidato con cazadora y mochila, en apariencia desahuciado ante el aparato que lo derribó de un violento plumazo– complica las cosas al Gobierno de Rajoy, abre la puerta a un hipotético frente de izquierdas en el Congreso (también acelera la posibilidad de un adelanto electoral), alimenta el discurso victimista de los nacionalistas y obliga –ya veremos si con éxito– a refundar desde sus cimientos la organización socialista, cuyo timón gobernaba por vía delegada la endogámica generación política de los patriarcas de Suresnes.
Los Aguafuertes del lunes en Crónica Global.
Chelsea Hotel: No vacancy
La primera vez sólo pude llegar hasta el vestíbulo. Era pequeño. Diminuto, si se tiene en cuenta el tamaño de la infame leyenda. Suele ocurrir: la literatura convierte en mayestáticas las cosas más sencillas. El Chelsea, en la 23, entre Octava y Séptima, tenía tras sí toda la literatura (más negra que blanca) del pasado siglo XX. Una joya decadente y sucia en mitad del inmenso Manhattan. Como un faro que recuerda a Nueva York que una vez fue algo más que una urbe de millonarios y turistas; que existió hace no tanto tiempo una ciudad gris, decrépita, llena de yonkis, en la que andar por la calle era toda una aventura. De aquel basurero (donde los detritus humanos salían a dar una vuelta de vez en cuando; sobre todo a la caída de la tarde) se pasó, gracias al alcalde Giuliani, a la capital higiénica que muestra su eterna postal al mundo. Las torres cayeron después.
